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24 julio 2026

La verdad detrás de la "Zona del Silencio"


En el árido e imponente corazón de la Reserva de la Biósfera Mapimí, convergiendo entre los estados de Chihuahua, Coahuila y Durango, se encuentra un territorio que por décadas ha sido el lugar preferido de los teóricos de la conspiración y “cazadores de ovnis”, la mal llamada "Zona del Silencio".

Es momento de sepultar la charlatanería y desmitificar la región: No hay naves extraterrestres en el Bolsón de Mapimí, pero sí hubo una operación militar encubierta. Todo comenzó en julio de 1970, cuando un cohete de pruebas de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos llamado “Athena”, fue lanzado desde Utah con destino original a la base militar de White Sands Missile Range, en Nuevo México. Sin embargo, supuestamente sufrió un “fallo técnico” y perdió su rumbo. El cohete desvió su trayectoria hacia el sur y terminó estrellándose en territorio mexicano.

Lo que encendió las alarmas de Washington no fue la pérdida de la nave en el impacto, sino lo que el cohete llevaba en su interior. Dijeron que había sido dos contenedores con Cobalto-57 para no alarmar a la población, pero, gracias a la investigación de José Jaime Herrera, hoy se sabe que lo que realmente transportaron fueron dos contenedores con “Dióxido de Torio” y tres elementos de estudio con el radioisótopo “Tantalio-182”.

José Jaime Herrera, más conocido en los medios como “Jimmy Herrera”, realizó una labor crucial en este caso. Originario de Coahuila, fue promotor e impulsor de la Agencia Espacial Mexicana, y es un reconocido divulgador científico, quien actualmente es el Presidente de la Sociedad Astronómica de Quintana Roo.

En aquel tiempo, los lugareños observaron cómo una zona remota y olvidada se llenó de vuelos de aeronaves, vehículos militares y la aparición de especialistas estadounidenses, para realizar el rescate de los restos de dicho cohete y “remover” toneladas de arena contaminada con radiactividad. Pero realmente no se llevaron ninguna arena contaminada. Según la investigación de Herrera, solamente removieron dicha arena con maquinaria pesada y la dejaron en el mismo sitio. Lo único que hicieron fue colocar una serie de tambos, para tomarse fotos, como si estuvieran llenándolos con arena supuestamente contaminada. Sin embargo, nos menciona el investigador, la mayoría de los residuos siguen en el mismo desierto. 

“Augusto José de la Peña Pérez, alias Harry de la Peña, fue el encargado diseminar el mito de esas supuestas anomalías magnéticas que se presentaban al norte de Ceballos, Durango. Estamos hablando de Parras, Valle de Allende, Jiménez y Chupaderos, todos en el Estado de Chihuahua. Esto con el fin de que toda la opinión pública poco a poco fuera aceptando la presencia de personal estadounidense dentro de la Comarca Lagunera, supuestamente con el objetivo de estudiar esas susodichas anomalías. Pero, lo que realmente se estaba gestando ante el propio gobierno mexicano, era que los estadounidenses instalaran un Centro de Monitoreo Espacial muy cerca del poblado de Ceballos”, nos mencionó Jimmy Herrera.


 

En sus investigaciones dedicadas a desmitificar la "Zona del Silencio", Herrera ha expuesto tajantemente que las historias ufológicas, repetidas hasta el cansancio en revistas y programas de entretenimiento, que carecen de todo sustento real. Recientemente, fue entrevistado por el analista escéptico Mario Adalid Lugo, en su canal “El Ciudadano Escéptico Podcast”, en donde reveló datos que desmienten todos los cuentos relativos y elaborados a la supuesta “Zona del Silencio”, que de hecho, esa zona originalmente era llamada como “La Zona de los Meteoritos”.    

La investigación de Herrera señala que los aparentes "silencios" en las transmisiones no responden a ningún “vórtice magnético”, sino a simples cuestiones de las condiciones geográficas que aíslan naturalmente el área. De hecho, el termino de “zona de silencio” en realidad se refiere a una zona donde había censura periodística y mediática que operó dentro del desierto, bajo estricta vigilancia militar -como parte de un ejercicio militar extranjero encubierto del todo-.

Herrera nos menciona que “En 1970 durante el incidente del cohete Athena, el pensar de la opinión pública no hacía referencias a platillos voladores o extraterrestres en los alrededores del Bolsón de Mapimí. De hecho, el mismo Harry de la Peña junto con terceras personas, le dio más fuerza al mito de la Zona del Silencio a partir de 1974, cuando se comenzaron a publicar libros sobre esos supuestos misterios magnéticos del lugar. Todo esto claramente como una gran cortina de humo para ocultar el ejercicio militar norteamericano que se realizó dentro de territorio mexicano”.  

Una de las leyendas asegura que en ese punto del desierto existe una “energía magnética tan densa que las señales de radio mueren y las brújulas giran sin control”. Jimmy Herrera ha expuesto que esto es completamente falso, y corresponde a una “manipulación mediática para ocultar un ejercicio militar norteamericano dentro del desierto, bajo el beneplácito del propio gobierno federal mexicano durante la administración de Gustavo Díaz Ordaz”, así nos señala el investigador.

“En la década de los setentas no había tantas emisoras de radio en la Comarca Lagunera. De las pocas que había, la gran mayoría eran en Amplitud Modulada (AM) de la cual sus ondas no se propagan por la ionósfera, sino por el terreno mismo. Al haber ciertos cerros o montañas, por lo general obstaculizaban la propagación de la misma, a lo que se perdía la señal de la emisora. También ocurría cuando se estaba cerca de línea de alta tensión. Pero el pretexto de la pérdida de las ondas hertzianas en el desierto, fue una simple estrategia más utilizado por Harry de la Peña para alimentar ese misterio, que serviría como un justificante para la presencia de personal de la fuerza aérea estadounidense en el desierto, pero posteriormente sirvió como una gran cortina de humo que hasta la fecha, aún sigue siendo vigente”, nos comenta Jimmy Herrera. 

De hecho, no hay un magnetismo que "enloquezca" los aparatos, sino yacimientos naturales de magnetita (un mineral de hierro) concentrados en el suelo de ciertas áreas muy específicas que pueden desviar levemente una aguja si se coloca directamente en el piso, algo puramente geológico y estudiado por la ciencia, no un fenómeno “anómalo”.

Herrera detalla en su investigación cómo los propios pobladores locales, guías turísticos improvisados y ciertos medios de comunicación alimentaron el mito, a sabiendas de que era una ficción muy lucrativa. Al volverse popular la historia del cohete Athena, la región, que carecía de actividad económica fuerte, descubrió un negocio muy rentable en el "turismo ovni".

El investigador expone que se algunos empezaron a vender piedras comunes del desierto asegurando que eran meteoritos, y se crearon cuentos falsos sobre luces en el cielo, muchas de las cuales eran simples satélites artificiales visibles gracias a la limpieza y oscuridad extrema del cielo del desierto.

El investigador hace hincapié en que lo que él descubrió fue que “Lo que realmente se esparció en el desierto fue Dióxido de Torio, que tiene una vida media de 14 mil millones de años, también “Tantalio-182”. Nunca se utilizó el radioisótopo Cobalto-57, ya que eso fue una gran mentira para no alarmar a la población. Con la finalidad de obstaculizar el tránsito y la edificación en la zona afectada por estos residuos dejados por el impacto del cohete Athena, fue que se perimetró el lugar bajo el pretexto de la creación de la Reserva de la Biósfera del Bolsón de Mapimí, a través de un programa elaborado por la UNESCO denominado como El Hombre y la Biósfera”. 


Lo que Jimmy Herrera rescata como el verdadero valor histórico y oculto de la zona, es el enorme impacto geopolítico que tuvo el incidente de 1970. En plena Guerra Fría, un cohete militar estadounidense de última tecnología se desvió profundamente hacia el interior del territorio mexicano portando un sensible material radiactivo, el cual contaminó mucha tierra del lugar, tierra que ahí continuaría contaminada y que podría haber generado casos de intoxicación o envenenamiento en quienes visitaban el lugar, o incluso al libre ganado que suele estar en el lugar.  

Herrera enfatiza que el verdadero "secreto" no eran los extraterrestres, sino que el gobierno de E.U.A. ordenó directamente al gobierno mexicano que permitiera la entrada de elementos de la fuerza aérea norteamericana, ingenieros y científicos estadounidenses a territorio nacional para. Supuestamente, “limpiar” los residuos.

“Nunca hubo una negociación. De hecho, eran órdenes directas ya que el presidente mexicano en turno estaba bajo la nómina de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Tanto autoridades estadounidenses como de las mexicanas, estaban coludidos en esta gran operación encubierta. No hubo ninguna falla técnica por parte de la fuerza aérea norteamericana, ya que fue todo premeditado”, menciona categóricamente Jimmy Herrera.

“La fantasía de los ovnis -al igual que de otros mitos-, simplemente ocultan lo que verdaderamente aconteció en ese desierto. Todo con el fin de desviar totalmente la atención de la opinión pública, y se olvidase de las intenciones norteamericanas de querer establecerse en Ceballos”, señala el investigador.

Lamentablemente, el verdadero precio de este falso mito alienígena lo ha pagado la propia naturaleza del Bolsón de Mapimí. La fiebre por el “misterio” atrajo a miles de curiosos irresponsables que saquearon la zona buscando recuerdos "alienígenas", alterando el delicado equilibrio ecológico.

“Efectivamente con todo esto se hizo el mayor ecocidio en la historia del país, al llevarse los curiosos: material pétreo, flora y fauna endémica del desierto, por décadas”, nos comentó Herrera.


Nos mencionó que es imperativo concientizar a la sociedad que aún prevalece dentro de este mismo desierto residuos radioactivos, que bien pudiera afectar la salud de quienes visiten parte de este desierto, por lo que se exhortó a no visitarlo por cuestión de seguridad, y dejar de ver a esta región como un parque temático para el esoterismo.

El desierto de Mapimí, es un santuario que alberga alrededor de cientos de especies de plantas y animales, no necesita historias de naves intergalácticas para ser un lugar extraordinario. Su valor científico, biológico y de conservación es incalculable por sí mismo. A través de su trabajo, Jimmy Herrera busca que la Reserva de la Biósfera de Mapimí sea reconocida por lo que verdaderamente es, un tesoro natural invaluable para las ciencias naturales, con especies endémicas únicas con una fascinante historia, limpiando su reputación de los engaños ufológicos que sólo dañaron su ecosistema.

“Realmente no existe La Zona del Silencio. Ese nombre fue más un código para mantener a raya a los periodistas cuando cayó el cohete Athena, y prevaleciese un cierto hermetismo con la operación encubierta que se estaba llevando a cabo. Un ejercicio militar norteamericano, parcialmente exitoso, dentro del territorio mexicano”, aseguró Jimmy Herrera.  

Y eso fue el fin del misterio. Ahí se los dejo de tarea. Que todos tengan una muy bella y desmitificante noche.

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16 junio 2026

Extraterrestres: ¿Ángeles o demonios?



El ser humano tiene una capacidad asombrosa para llenar los vacíos del conocimiento con sus más profundos temores y esperanzas. Si no son ángeles o demonios, son alienígenas.

Recientemente, la desclasificación de expedientes secretos sobre ovnis o Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP, por sus siglas en inglés) por parte del gobierno estadounidense reavivó un debate que parecía sepultado en los foros de conspiración de los años noventa. Sin embargo, la reacción de ciertos sectores fundamentalistas dentro del evangelismo y el catolicismo, ha tomado un tinte tan dramático como medieval: La reactivación de la hipótesis demoníaca.

Para algunos creyentes, los ovnis no son naves de metal tripuladas por seres extraterrestres, sino “manifestaciones espirituales malignas”. Bajo esta “lógica”, los alienígenas no serían científicos cósmicos, sino demonios modernos disfrazados de tecnología para engañar a la humanidad en los "últimos días".

En el otro extremo del espectro teológico, sectores más “místicos” sugieren que podrían ser ángeles o “guardianes celestiales” enviados a salvarnos de nuestra propia autodestrucción nuclear.

Esta sobre-reacción revela una profunda crisis de racionalidad. La idea de que no somos el centro de la creación, como la mitología cristiana señala, genera un vértigo teológico que algunos intentan mitigar encasillando lo desconocido en las categorías bíblicas tradicionales del bien y del mal.

Mientras la narrativa mitológico-religiosa se desborda, la ciencia nos devuelve a la tierra, y a la dura realidad del espacio, con un balde de agua fría matemática: La Paradoja de Fermi.

Formulada por el físico italiano Enrico Fermi en 1950, la paradoja se resume en un simple cuestionamiento: ¿Dónde están? ¿Por qué no hemos encontrado trazas de vida extraterrestre inteligente, por ejemplo, sondas, naves espaciales o transmisiones? Si el Universo es infinitamente viejo y contiene miles de millones de planetas potencialmente habitables, las probabilidades matemáticas dictarían que la galaxia ya debería estar colonizada o, al menos, llena de señales de radio.

Recordemos la Ecuación de Drake (N = R* X fp X ne X fl X fi X fc X L), que intentaba calcular el número de civilizaciones en la Vía Láctea, donde “N” es el número de civilizaciones con las que, supuestamente, podríamos comunicarnos. Hay quienes han llegado a calcular, supuestamente, hasta millones de civilizaciones. Pero sin embargo, el cielo nocturno permanece en un silencio casi sepulcral. No hay mega-estructuras alienígenas, no hay transmisiones interestelares, no hay flotas enteras de naves espaciales visitando Yucatán.

El verdadero misterio no sería si los presuntos ovnis filmados por las fuerzas armadas estadounidenses son ángeles o demonios; el auténtico misterio es por qué, si la vida es probable, el cosmos parece un desierto.

Una respuesta lógica, la más aceptada, a la Paradoja de Fermi es la hipótesis del Gran Filtro, formulada por el economista estadounidense Robin Hanson, la idea de que existe una barrera evolutiva o tecnológica casi insuperable que extingue a las civilizaciones antes de que puedan viajar por las estrellas.

Esa hipótesis sería secundada por otra, de los científicos Jacob Haqq-Misra y Seth Baum, de la Pennsylvania State University, que sugieren que la clave está en el error de suponer que una civilización puede colonizar el universo a un ritmo exponencial. Según ellos, el agotamiento de los recursos impondría límites al desarrollo de cualquier civilización, por lo tanto, no se podría dar un crecimiento exponencial.

Tal vez el Gran Filtro sea el cambio climático, la contaminación ambiental, las guerras nucleares, o simplemente que la transición de materia inanimada a vida biológica inteligente es un fenómeno demasiado complejo para que se repita. Para muchos sólo somos el Cosmos mirándose a si mismo, somos uno con el todo, pero ese todo no es un dios, es la naturaleza misma en el constante proceso de evolución.

Siendo honestos y racionales, si hubiera extraterrestres en alguna parte del universo, sólo serían simples seres biológicos, relativamente similares a nosotros, aunque posiblemente con una composición bioquímica diferente, nada que ver con ángeles o demonios mitológicos. 

Buscar explicaciones sobrenaturales a los videos borrosos del Pentágono es un ejercicio de nostalgia teológica oscurantista. La desclasificación de archivos no ha revelado pactos con Lucifer, ni tecnologías avanzadas de otros planetas. Sólo ha revelado las limitaciones de nuestros propios sistemas de vigilancia y la perenne incompetencia burocrática para identificar basura espacial, drones espía o fenómenos atmosféricos.

La Paradoja de Fermi sigue siendo la reina indiscutible del debate ufológico. La posibilidad de que estemos completamente solos en la inmensa oscuridad cósmica es un misterio mucho más aterrador, profundo y fascinante que cualquier viejo mito sobre dios o demonios disfrazados de astronautas.

Al final, el silencio de las estrellas nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. La respuesta no está en el cielo, sino en lo que decidamos hacer con nuestra propia supervivencia en este pequeño punto azul pálido, pues en realidad no estamos solos, hay que entenderlo, estamos rodeados por todos los demás.

No hay nada divino ni demoniaco en los ovnis o en los supuestos, y hasta el momento, inexistentes extraterrestres, dejémonos de patrañas y charlatanería ufológica.

PD: Investigador es el que sí resuelve casos, no el que sólo colecciona “evidencias” de supuestos ovnis.   

 

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30 mayo 2026

La verdad del caso del ovni de General Terán



Dentro de la mitología ufológica norteña destaca un caso muy particular por todo lo que estuvo implicado en él, toda una conspiración se desató tras éste evento, nos referimos al caso del presunto ovni que se estrelló en General Terán, Nuevo León.

 

El suceso ocurrió el 7 febrero de 1967 en el ejido Las Anacuitas. Los habitantes del ejido reportaron haber visto una luz muy fuerte y brillante en el cielo, similar a una "bola de fuego", acompañada de un fuerte estruendo que hizo vibrar la tierra tras el impacto del objeto. Tras ser localizado en una huerta, se dice que el objeto fue trasladado a la alcandía de General Terán. Ahí estuvo expuesto durante varios días en la y luego resguardado en la comandancia de policía.

 

Alrededor del caso crecieron muchos mitos populares, entre ellos el supuesto origen extraterrestre del objeto que ahí se estrelló. Investigamos un poco, y preguntamos a un experto en la materia, José Jaime Herrera, Presidente de la Sociedad Astronómica de Quintana Roo, quien compartió con nosotros documentos y datos realmente insólitos.


Según la información proporcionada por el experto, el objeto recuperado pesaba unos 34 kg y tenía 63.5 cm de diámetro. Un equipo de búsqueda de Monterrey trajo el objeto el 20 de febrero. Se describió como una esfera de aluminio con dos orificios, cada uno de 1.9 cm de profundidad y roscado.

 

Secretario de General Terán con el objeto
 

El reporte del objeto señalaba que “Una costura soldada recorre toda la superficie”. Hay registro fotográfico de que el Secretario del Ayuntamiento de General Terán, Rubén Garza Rodríguez, tuvo en su poder el objeto encontrado en el ejido. Posteriormente el propio fiscal del estado de Nuevo León, Jesús Espinoza, se hizo cargo del aseguramiento y resguardo del objeto.

 

Herrera nos compartió que la descripción que figura en los reportes del objeto recuperado era claramente una esfera de titanio de presurización, todo indicaría que se trató de un tanque de hidracina, un combustible muy utilizado en naves espaciales de esa época. No es la primera vez que han caído estas esferas, hay bastante documentación de que han caído en varios lugares del mundo, donde han sido recuperadas.

 

A juzgar por su tamaño y masa, parecía pertenecer a la segunda etapa de un cohete Delta. El USSTRATCOM informó de que dicha etapa (1966-096B / 2515) reentró en la atmósfera el 9 de febrero de 1967 UTC. Eso fue dos días después del avistamiento de la reentrada, pero el análisis revela que es más probable que se desintegrara el 7 de febrero a la hora UTC, y que, si cayó cerca de la hora de los avistamientos desde General Terán, NL (16:30 UTC).

 


Finalmente, los restos fueron entregados a agentes del gobierno estadounidense, supuestamente de la NASA aunque posiblemente se trató de personal de la CIA o la milicia estadounidense, quienes se hicieron cargo del objeto recuperado y lo trasladaron a su territorio.  

 

Nos comentó José Jaime Herrera, que como en esos tiempos se vivía la época de la “Guerra Fría”, los informes oficiales estadounidenses, no eran del todo confiables en cuanto a fechas, lugares, y otros datos, por lo que en caso de estos incidentes críticos, ellos nunca reconocerían abiertamente sus fallas.

 

Para colmo, la chatarra espacial ha sido un problema más grande de lo que las propias agencias espaciales han querido reconocer del todo, al grado que muchos de los escombros y basura espacial que sigue flotando allá en el espacio o que ha caído a tierra, prefieren seguir manejándolo como “objetos desconocidos” antes que reconocer que es basura que a ellos mismos han generado con sus proyectos.

 

Al año se precipitan a tierra varias toneladas de basura espacial, afortunadamente, la gran mayoría de los casos sin causar daños a las personas, pero esta estadística podría romperse si no se llega a tener un auténtico control de todo lo que flota perdido en el espacio.

 

Caso resuelto. Ahí se las dejamos de tarea. 

 

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20 mayo 2026

Tercera Edad: Víctimas de la desinformación


En las redes sociales, donde la verdad compite en desventaja contra el algoritmo del contenido basura, ha surgido un grupo demográfico especialmente vulnerable, son nuestros adultos mayores. Lo que comenzó como una herramienta para reconectar con la familia se ha convertido en un campo minado de noticias falsas y teorías conspirativas. 

Comparten campañas comerciales de desinformación sobre colgantes o pegatinas que, supuestamente, los protege de la “radiación de los celulares” o de las antenas de telefonía 5G y 6G, o que los protegen de virus que vuelan en el aire, y demás timos pseudocientíficos que sólo son para quitarles su dinero.    

Se ha descubierto que lo usuarios de Facebook, mayores de 65 años, comparten siete veces más artículos de portales de noticias falsas que los jóvenes de entre 18 y 29 años. Eso no es casualidad.

Este fenómeno no responde a falta de inteligencia, sino a una alfabetización digital algo tardía. Muchos adultos mayores no desarrollaron una "pericia digital" y carecen de esa “malicia” necesaria para identificar portales sospechosos, los montajes fotográficos o el sesgo de fuentes que usan información no verificada.

Recordemos que el algoritmo premia la interacción, para una persona mayor que vive sola, un mensaje de la red X (Twitter) o una publicación de Facebook con una supuesta alerta médica o una noticia política impactante se convierte en tema central para iniciar una conversación. Y lamentablemente, con la edad, la capacidad de detectar el engaño en los medios de comunicación puede disminuir, mientras que la confianza en figuras que parecen con "autoridad" o "serias" tiende a mantenerse intacta.

Tenemos que saber que la desinformación no es inocua, tiene consecuencias tangibles en la salud pública y la estabilidad democrática. Se considera que el consumo de noticias a través de redes sociales en adultos mayores ha crecido considerablemente en la última década, superando en algunos países a la televisión tradicional como fuente primaria de "información rápida".

El problema es el sistema, las plataformas digitales están diseñadas para la retención del usuario, no para la veracidad. Culpar a la abuela por compartir una supuesta cadena de oración que oculta un virus informático, o una mentira política, es ignorar la responsabilidad de las empresas informáticas.

Hacen falta muchas más campañas de alfabetización mediática dirigidas específicamente a la tercera edad para así reducir la propagación de desinformación. Enseñar conceptos básicos como revisar la fuente de información o buscar la noticia en algún buscador antes de compartir, es tan vital hoy como lo fue en su momento enseñar a leer y escribir.

La sociedad actual tiene una deuda pendiente con sus personas mayores en el ámbito digital. No basta con regalarles un smartphone para que vean fotos y videos de sus familiares; es imperativo proporcionarles el "manual de usuario" para navegar en redes sociales que a menudo parecen diseñadas para confundirlos.

La desinformación es un virus, y la educación mediática es la única vacuna efectiva para proteger la integridad de quienes más queremos y respetamos.

 

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10 octubre 2025

La realidad del 3I/ATLAS

El reconocido divulgador científico Pablo Lonie Pacheco, de la Sociedad Astronómica de Monterrey, impartió una interesante conferencia sobre la más reciente información sobre el cometa interestelar 3I/ATLAS que se tiene hasta este momento, descubriendo todos los aparentes secretos y misterios que le rodean. El divulgador científico hablo en exclusiva con nosotros.

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23 agosto 2025

El lado oscuro del chocolate: Metales pesados en el cacao


El chocolate, esa delicia universal de origen mexicano que endulza nuestras vidas, ha estado bajo la lupa de especialistas en los últimos años por una razón preocupante, la presencia de metales pesados en algunos de sus productos.

Recientemente, (septiembre del 2024) estuvimos con el Dr. Alexander Lux, del Departamento de Fisiología Vegetal de la Comenius University Bratislava, en Eslovaquia, quien nos habló ampliamente sobre este problema que ha pasado casi inadvertido para muchos, pero que es muy importante tomarlo en cuenta.

Buscamos, y encontramos que estos contaminantes, potencialmente dañinos para la salud, no se distribuyen de manera uniforme en todos los chocolates. Su concentración parece estar íntimamente ligada a un factor clave: el lugar donde se cosecha el cacao. 

Diversas investigaciones han confirmado que los niveles de metales pesados en el chocolate varían significativamente según la procedencia del cacao. Un estudio multianual realizado por la George Washington University, analizó 72 productos de cacao comercializados en Estados Unidos entre 2014 y 2022. Los resultados fueron alarmantes. El 43% de estos productos excedía los niveles máximos permitidos de plomo y el 35% los de cadmio, según los estándares de California, Estados Unidos (Hands et al. 2024). 

Otro estudio, llevado a cabo por la Tulane University, profundizó en el impacto geográfico al evaluar chocolates elaborados con cacao de distintas regiones del mundo. Los hallazgos revelaron patrones claros. Los chocolates oscuros hechos con cacao de Centro y Sudamérica presentaban los niveles más altos de cadmio, mientras que aquellos provenientes de África Occidental y Asia mostraban concentraciones notablemente menores. 

En cuanto al plomo, Sudamérica volvió a destacar, con algunos productos superando los límites establecidos. Estas diferencias no son casuales; según el estudio están relacionadas con las condiciones del suelo, los métodos de cultivo y las prácticas de procesamiento que varían de una región a otra (Temesgen et al. 2024).

La revista Consumer Reports, de la Consumers Union de EUA, una fuente muy reconocida en temas de seguridad alimentaria, también ha abordado este problema. En sus análisis, identificaron que la contaminación por metales pesados puede originarse durante el cultivo del cacao, cuando las plantas absorben estos elementos del suelo, o tras la cosecha, por la exposición a polvo y equipos contaminados (Tunde E. 2022). 

Otro trabajo del mismo año, aparecido en la revista Toxics, evaluó el riesgo dietético por exposición al cadmio en 143 alimentos, incluyendo varios tipos de chocolate mexicano. Aquí, el polvo de cacao presentó 0.289 mg/kg, seguido por el polvo de chocolate con 0.117 mg/kg, barras regulares con 0.060 mg/kg y barras amargas con 0.029 mg/kg. Todos estos valores cumplen con los estándares de la FAO/OMS (0.8-0.9 mg/kg para chocolates con alto contenido de cacao). No obstante, el estudio alerta que, combinado con otros alimentos, el consumo podría superar la ingesta tolerable semanal de cadmio (2.5 μg/kg de peso corporal), un riesgo mayor para los más pequeños (Cantoral et al 2024).

Una perspectiva más amplia proviene de un artículo de 2020 en el Journal of Agricultural and Food Chemistry, que explora los orígenes de estos metales en el cacao latinoamericano, incluyendo México. Aunque no ofrece datos específicos del país, señala que factores como suelos volcánicos elevan naturalmente los niveles de cadmio, y aboga por medidas de mitigación en toda la cadena de suministro para reducir variaciones regionales.

En conjunto, estos hallazgos sugieren que los chocolates mexicanos son seguros en términos generales, pero recomiendan moderar su consumo, particularmente de variedades amargas con mayor concentración de cacao. La procedencia del cacao no es solo una cuestión de sabor o calidad, sino también de seguridad. La presencia de metales pesados en el chocolate no es un tema menor, especialmente cuando se trata de plomo y cadmio (Meert et al 2020). 

El plomo es un neurotóxico bien documentado que puede afectar el desarrollo cognitivo en niños y causar problemas de salud a largo plazo en adultos. El cadmio, por su parte, se acumula en los riñones, pudiendo provocar daño renal y aumentando el riesgo de cáncer con exposiciones prolongadas. 

Aunque el consumo moderado de chocolate no suele representar un peligro inmediato, la exposición acumulativa podría superar los límites seguros, especialmente para grupos vulnerables como niños pequeños y mujeres embarazadas.

Un consumidor promedio no tiene forma de saber si el cacao de su chocolate favorito proviene de una zona de alto riesgo como Sudamérica o de una región con niveles más bajos como África Occidental. Esta falta de transparencia convierte el acto de comprar chocolate en una lotería de salud que pocos están preparados para jugar.

Ante esta realidad, tanto los consumidores como la industria del chocolate tienen un papel que desempeñar. Para quienes disfrutamos de este manjar, la clave está en informarse y elegir con criterio. Optar por marcas que realicen pruebas rigurosas de metales pesados y sean transparentes sobre el origen de su cacao es un buen comienzo. Reducir considerablemente el consumo de chocolate oscuro, como sugieren algunos expertos, puede minimizar la exposición a estos contaminantes.

Sin embargo, la responsabilidad no recae solo en los consumidores. La industria debe dar un paso al frente adoptando prácticas que minimicen la contaminación desde la raíz. Esto incluye seleccionar suelos menos contaminados, mejorar los procesos de preparación para evitar la absorción de metales post-cosecha, y emplear tecnologías de limpieza más avanzadas. Algunas pocas empresas certificadas ya están explorando estas soluciones, pero el esfuerzo debe ser generalizado.

A nivel gubernamental, urge establecer regulaciones más estrictas y uniformes. Los estándares actuales varían entre países, lo que genera lagunas que la industria puede aprovechar. Una normativa global clara obligaría a los productores a priorizar la seguridad sin comprometer la calidad del chocolate que llega a nuestras manos.

El chocolate no debería ser una fuente de preocupación para nadie, sino de alegría. Sin embargo, los datos son claros. Dependiendo de dónde se coseche el cacao, el chocolate que consumimos podría estar contaminado con metales pesados. Con una combinación de conciencia ciudadana, innovación industrial y políticas efectivas, podemos garantizar que este placer milenario siga siendo seguro para todos. 

La próxima vez que abras una barra de chocolate, recuerda que su historia, y su seguridad, comienza mucho antes, en los campos donde creció el cacao.

Ahí se las dejo de tarea. 

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Fuentes: 

1. Jacob M. Hands et al., "A Multi-Year Heavy Metal Analysis of 72 Dark Chocolate and Cocoa Products in the USA," Frontiers in Nutrition 11 (2024): 1366231, https://doi.org/10.3389/fnut.2024.1366231.

2. Temesgen R. Godebo et al., "Occurrence of heavy metals coupled with elevated levels of essential elements in chocolates: Health risk assessment," Food Research International 187 (2024): 114360, https://doi.org/10.1016/j.foodres.2024.114360.

3. Tunde E. Akinleye and Kevin Loria, "Lead and Cadmium in Dark Chocolate: What You Need to Know," Consumer Reports, December 15, 2022, https://www.consumerreports.org/health/food-safety/lead-and-cadmium-in-dark-chocolate-a8480295550/.

4. Alejandra Cantoral et al., "Lead Levels in the Most Consumed Mexican Foods: First Monitoring Effort," Toxics 12, no. 5 (2024): 318, https://doi.org/10.3390/toxics12050318.

5. Michael J. A. Meert et al., "Perspective on Cadmium and Lead in Cocoa and Chocolate," Food Science and Nutrition 8, no. 11 (2020): 5885-5896, https://doi.org/10.1002/fsn3.1895.


23 mayo 2025

La Agenda 2030 puede salvar a la humanidad



En un mundo donde la crisis climática, la desigualdad social y la pérdida de biodiversidad amenazan la supervivencia de nuestra especie, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, adoptada por los 193 países de las Naciones Unidas en septiembre de 2015, emerge como un plan audaz para evitar el colapso de la civilización.

Sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas específicas buscan abordar los desafíos más apremiantes de la humanidad, desde la erradicación de la pobreza hasta la protección del medio ambiente.

¿Puede este ambicioso marco global realmente salvarnos de la extinción? Aunque la Agenda 2030 no es una panacea, representa una de las mejores oportunidades para redirigir el rumbo de la humanidad hacia un mejor futuro para todos.

El riesgo de extinción humana no es un mito. Según el Informe de Evaluación Global de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, 2019), hasta un millón de especies están en peligro de extinción debido a la actividad humana, lo que pone en jaque los servicios ecosistémicos esenciales, como la polinización o la regulación climática, de los que dependemos.

El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, 2022) advierte que, sin medidas urgentes, el calentamiento global podría superar los 1.5 °C para 2030, desencadenando eventos climáticos extremos que afectarían a millones de personas.

Además, el concepto de "deuda de extinción" descrito por el paleontólogo Henry Gee en Scientific American, en 2021, sugiere que la humanidad, al dominar y degradar los hábitats globales, podría estar al borde de un colapso poblacional inevitable.

Factores como la sobreexplotación de recursos agravan esta crisis. Estos datos pintan un panorama sombrío, pues sin intervención coordinada, la humanidad podría enfrentar un declive catastrófico.

La Agenda 2030 se presenta como una respuesta integral a estas amenazas. Sus objetivos abarcan tres dimensiones del desarrollo sostenible: Lo económico, lo social y lo ambiental. Por ejemplo, el ODS 1 “Fin de la Pobreza” y el ODS 2 “Hambre Cero” buscan erradicar la pobreza extrema y garantizar la seguridad alimentaria para 2030, abordando las desigualdades que alimentan la inestabilidad social. El ODS 13 “Acción por el Clima” promueve medidas para limitar el calentamiento global, mientras que el ODS 15 “Vida de Ecosistemas Terrestres” impulsa la conservación de la biodiversidad.

La Agenda también apuesta por la universalidad y la inclusión. Los ODS aplican a todas las naciones, reconociendo que los desafíos como el cambio climático y la desigualdad no respetan fronteras. El principio de "no dejar a nadie atrás" prioriza a los más vulnerables, como los 80% de las personas con discapacidad que viven en pobreza (ONU, 2023).

Pero la Agenda 2030 enfrenta obstáculos significativos, entre ellos los charlatanes conservadores oscurantistas. Muchos de ellos afirman que la Agenda busca imponer políticas antireligiosas o que van en contra de los “valores tradicionales”, pero todo eso es vil charlatanería, ellos buscan mantener sistemas de ideologías corruptas por intereses de poder político y económico, no tiene nada que ver con valores morales, algo de lo que ellos carecen totalmente.

Lamentablemente los informes del progreso de los ODS han revelado que solo un 15% de las metas están en camino de cumplirse para 2030, y fenómenos como la pandemia de COVID-19 han revertido avances en pobreza y salud.

Además, algunos señalan que su implementación carece de un enfoque suficientemente integrado por algunas políticas conservadoras que contradicen los principios de derechos humanos de la Agenda, como leyes que restringen los derechos de las mujeres o minorías.

A pesar de sus limitaciones, la Agenda 2030 ofrece un marco sin precedentes para abordar las amenazas existenciales. Su enfoque basado en la ciencia y los derechos humanos, reconoce la interdependencia entre el bienestar humano y la salud del planeta.

Por ejemplo, un estudio en Nature Climate Change del 2021 demuestra que combinar políticas climáticas ambiciosas con medidas de redistribución de ingresos y acceso a energía limpia puede acelerar el progreso. Además, iniciativas como el Global Deal for Nature, que aboga por proteger el 30% de los océanos y tierras para 2030 (The Guardian, 2020), muestran cómo los ODS pueden alinearse con esfuerzos para frenar la sexta extinción masiva.

Lamentablemente la Agenda 2030 no garantiza del todo la salvación de la humanidad, pero sí proporciona una hoja de ruta para mitigar los riesgos más graves. Su éxito dependerá de la voluntad política, la inversión masiva y la participación de todos los sectores: gobiernos, empresas, academia y sociedad civil.

Como afirmó Paula Caballero (Scientific American, 2023), exdiplomática clave en la creación de los ODS, "2030 no es un fin, sino un hito". Si actuamos con urgencia, la Agenda 2030 podría ser el punto de inflexión que evite el colapso y asegure un futuro donde la humanidad prospere en armonía con el planeta.

En última instancia, la pregunta no es si la Agenda 2030 puede salvarnos, sino si estamos dispuestos a comprometernos con ella. El reloj avanza, y la elección está en nuestras manos.

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29 abril 2025

La falacia de los Nobel creyentes



Muchos sabemos que "Un poco de ciencia te aleja de Dios, pero mucha ciencia lo descarta totalmente", y que el conocimiento de ciencia avanzada elimina por completo la “necesidad” de creer un dios.

Pero a menudo, quienes defienden la supuesta compatibilidad entre ciencia y religión citan que la mayoría de los ganadores de Premios Nobel son creyentes, un argumento que resulta falaz.

La idea de que un conocimiento científico limitado puede generar poco escepticismo hacia Dios, mientras que un estudio profundo lo elimina, parte de una visión materialista, pero realista al final. La teoría de la evolución de Darwin o el modelo del Big Bang de Georges Lemaître ofrecen explicaciones naturales para la vida y el origen del universo, sin requerir intervención divina.

La ciencia opera en el ámbito de lo empírico, estudiando fenómenos dimensionables. La existencia de dios, en cambio, es una cuestión metafísica que “escapa” al método científico. Como señaló el filósofo de la ciencia Karl Popper, la ciencia no puede probar ni refutar proposiciones no falsables, como la existencia de una deidad. Por tanto, la ciencia no "descarta" a dios, sino que lo relega a un plano fuera de su competencia.

Científicos como Francis Collins, exdirector del Proyecto Genoma Humano, sostienen que la fe y la ciencia pueden coexistir, pero no mezclarse pues son materias totalmente distintas.

Un argumento común para respaldar la falsa compatibilidad entre ciencia y fe es que muchos de los ganadores de Premios Nobel son creyentes religiosos. Un estudio frecuentemente citado, realizado por Baruch Aba Shalev en 100 Years of Nobel Prizes (2003), afirma que el 89,61% de los galardonados entre 1901 y 2000 eran religiosos, mientras que solo el 10,39% eran ateos, agnósticos o librepensadores.

Esta estadística se presenta como “evidencia” de que las mentes científicas más brillantes tienden a ser religiosas, desafiando la noción de que la ciencia nos aleja de la fe.

Sin embargo, este argumento es falaz por varias razones. De entrada comete falacia de autoridad. Que un científico premiado con un Nobel crea en dios no prueba su existencia ni la compatibilidad entre ciencia y religión. Las creencias personales no son evidencia científica. Por ejemplo, Richard Feynman (Nobel de Física, 1965), un ateo declarado, argumentaba que la ciencia no necesita hipótesis sobrenaturales, y en ello tiene toda la razón. Del mismo modo, Steven Weinberg (Nobel de Física, 1979) veía la religión como irrelevante para sus descubrimientos.

La falacia de los Nobel religiosos comete sesgo metodológico, el estudio de Shalev ha sido criticado varias veces por su falta de rigor pues clasifica como "creyentes" a científicos que no lo eran, como Albert Einstein, quien rechazaba la religión y usaba a "dios" como metáfora para las leyes del universo. Además incluye a científicos de origen judío como religiosos, aunque muchos, como Niels Bohr, eran ateos o agnósticos. Esta categorización infla artificialmente la proporción de "creyentes".

Por otro lado, los Premios Nobel, otorgados en Suecia, un país de tradición cristiana hasta hace pocas décadas, refleja un sesgo cultural. Entre 1901 y 2000, la mayoría de los galardonados provenían de Europa y Norteamérica, regiones donde el cristianismo era la norma social.

La presión cultural favorecía la afiliación religiosa, incluso entre científicos; en contraste, encuestas modernas, como una de 1998 de la Academia Nacional de Ciencias de EUA, muestran que sólo el 7% de los científicos de élite creen en un dios personal.

El término "creyente" engloba posturas diversas, desde el teísmo tradicional hasta el deísmo o visiones panteístas. Agrupar estas perspectivas bajo una sola categoría distorsiona la realidad y exagera la religiosidad de los científicos. Estudios sociológicos, como los de Elaine Howard Ecklund (2010), indican que apenas un 30% de los científicos en EUA y Reino Unido tienen alguna afiliación religiosa.

Los datos de Shalev son cuestionables y dudosos. La “religiosidad” de los científicos refleja más las normas sociales de su tiempo que una verdad universal. Como dijo Stephen Jay Gould, ciencia y religión son "magisterios no superpuestos", cada uno con su propio ámbito de autoridad.

La afirmación de que los Nobel creyentes validan la fe no es sostenible. La ciencia “no tiene” herramientas para pronunciarse sobre la existencia de dios, y las creencias de los galardonados son irrelevantes como evidencia. La estadística de los Nobel religiosos, plagada de sesgos y definiciones imprecisas, es una falacia que no resiste el escrutinio.

El verdadero desafío no es enfrentar ciencia y religión, sino reconocer sus roles distintos. En lugar de perpetuar falsas dicotomías, debemos fomentar un diálogo que respete la evidencia empírica y las preguntas humanas más profundas, sin recurrir a estadísticas manipuladas o afirmaciones absolutistas.

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12 abril 2025

Refutando la falacia de Pasteur

 


En el siglo XIX, el célebre científico Louis Pasteur afirmó: "Un poco de ciencia nos aparta de dios. Mucha, nos aproxima a él". Este postulado, profundamente arraigado en el contexto de su época, sugería que un conocimiento científico superficial podría generar dudas sobre la existencia de dios, pero que una comprensión más profunda reconciliaría a la humanidad con lo divino.

Sin embargo, a la luz del saber actual, este pensamiento parece no solo desactualizado, sino totalmente falaz. Hoy, algunos proponemos corregirlo con un nuevo teorema: "Un poco de ciencia te aleja de dios, pero mucha ciencia lo descarta totalmente". Esta afirmación se basa en la observación de que, en la mayoría de los casos, los investigadores científicos no creen en dios. Pero, ¿es esto una verdad absoluta o una simplificación excesiva?

Cuando Pasteur formuló su idea, la ciencia y la religión no se percibían como enemigas irreconciliables. En el siglo XIX, muchos científicos eran creyentes y veían sus descubrimientos como una forma de desentrañar las maravillas de la “creación divina”. La microbiología de Pasteur, por ejemplo, no desafiaba directamente las nociones teológicas de su tiempo. Su postulado reflejaba una esperanza, que el avance del conocimiento humano, lejos de erosionar la fe, la fortalecería al revelar la complejidad y el orden del universo.

Sin embargo, los siglos posteriores trajeron consigo revoluciones científicas que transformaron esta perspectiva. La teoría de la evolución de Darwin, la cosmología del Big Bang y los avances en neurociencia han ofrecido explicaciones naturales a fenómenos que antes se atribuían exclusivamente a dios. Estos desarrollos han llevado a algunos a sostener que la ciencia y la religión son inherentemente incompatibles. Si el origen de la vida, el universo y la conciencia humana pueden explicarse sin recurrir a lo sobrenatural, ¿qué lugar queda para la divinidad?

Esta idea encuentra eco en muchos datos concretos. Un estudio de 2009 realizado por el Pew Research Center reveló que solo el 33% de los científicos en Estados Unidos cree en dios, en contraste con el 83% de la población general. Esta brecha sugiere que, a mayor inmersión en el conocimiento científico, menor es la probabilidad de aferrarse a creencias religiosas. De ahí surge el teorema corregido: Mucha ciencia no solo aleja de dios, sino que lo descarta por completo.

No todos los científicos son ateos, y la creencia en dios no desaparece automáticamente con el avance del saber. Figuras como Francis Collins, genetista y director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, demuestran que es posible integrar una fe profunda con una carrera científica de alto nivel, pero no mezcla una con la otra.

Para algunos, la ciencia responde al "cómo" del universo, mientras que la religión aborda el "por qué", permitiendo una coexistencia pacífica entre ambas, pero por separado, cada una en su lado.

Por otro lado, quienes argumentamos que la ciencia, al ofrecer explicaciones completas y verificables, elimina la necesidad de hipótesis divinas. Desde esta perspectiva, la fe se convierte en un vestigio del pasado, una reliquia que pierde relevancia conforme la humanidad desentraña los misterios del cosmos.

Mientras que el avance científico ha llevado a muchos a cuestionar o abandonar la creencia en dios, también ha inspirado a otros a reinterpretar su fe de maneras mucho más sofisticadas e inteligentes.

En última instancia, la ciencia y la religión representan dos enfoques distintos para comprender el mundo. La primera se basa en la observación, la experimentación y la evidencia; la segunda, en la fe, la introspección y la tradición.

La falacia de Pasteur subestimaba el impacto transformador de la ciencia moderna. En un mundo cada vez más complejo, la ciencia no dicta un único camino hacia la incredulidad o la no creencia. El conocimiento contemporáneo desafía a cada individuo a encontrar su propia respuesta, respetando la libertad de pensamiento de cada uno. Sin embargo, hoy se sabe a ciencia cierta que la ciencia sí descarta a dios, por eso los fanáticos la rechazan y tergiversan. Y ahí está el detalle, en cómo convivimos con las tensiones y posibilidades que este eterno debate nos plantea. Donde todos deberíamos de comprender que no se debe de querer mezclar la gimnasia con la magnesia.

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07 abril 2025

Refutando la falacia de Planc



El debate sobre la relación entre ciencia y religión ha sido una constante en la historia del pensamiento humano. Algunos, como los denominados "hombres de fe", recurren a la falacia de Max Planc, que sostiene que "Nunca podrá haber oposición real entre ciencia y religión; una es complementaria a la otra".

Sin embargo, esta afirmación es cuestionada por aquellos que argumentan que la ciencia se fundamenta en el conocimiento derivado de pruebas y evidencias empíricas, mientras que la religión se basa en la creencia en algo de lo cual no hay certeza verificable.

A primera vista, parece que ambas disciplinas son irreconciliables, pero un análisis más profundo revela que la relación es más compleja.

La ciencia, por su esencia, es un método sistemático para comprender el mundo natural. Se basa en observación para analizar fenómenos visibles y medibles; experimentación para probar hipótesis mediante pruebas controladas; y verificación para confirmar o descartar resultados a través de la replicación.

Su objetivo es descubrir verdades objetivas sobre el universo, y su fortaleza radica en su capacidad para adaptarse y corregirse ante nuevas evidencias. La ciencia no requiere fe; al contrario, exige escepticismo y una disposición a cuestionar supuestos. Este enfoque ha impulsado avances extraordinarios en medicina, tecnología y la comprensión del cosmos.

Por otro lado, la religión se sostiene en la fe, o sea de la aceptación de doctrinas o entidades que trascienden lo empíricamente demostrable. Presuntamente “responde” a preguntas que la ciencia no aborda del todo con facilidad, como ¿cuál es el propósito de la vida? ¿Qué define la moralidad? ¿Por qué existe el universo?

Como ya hemos comentado antes, para muchos la religión ofrece un marco ético, una comunidad y un sentido de pertenencia que va más allá de lo material.

Sin embargo, la falacia de Planc se descarta al contrastarla con la realidad. Aunque ciencia y religión operan en dominios distintos, no siempre están en conflicto directo. Muchos científicos han sido personas de fe, como Isaac Newton o Georges Lemaître, quienes veían la ciencia como una herramienta para explorar la "creación divina". Para ellos, no había contradicción, sino armonía. Pero ninguno pudo confirmar que sus creencias religiosas fueran reales, ni en sus aportaciones científicas fue necesaria la fe.

Otro caso es el “debate” entre evolución y creacionismo, que es un ejemplo claro, donde interpretaciones literales de textos mitológicos (religiosos) chocan con el consenso científico. En estos casos, la rigidez dogmática religiosa puede generar confrontaciones. Aun así, muchas tradiciones religiosas han adaptado sus posturas, aceptando que la fe y la razón no tienen por qué ser enemigas.

La ciencia, aunque poderosa, no lo explica todo. Ni la religión tiene respuestas reales para todo. La ciencia describe el "cómo" del mundo, mientras que la religión hipotéticamente explora el "por qué". Esta distinción sugiere que ambas pueden coexistir, cada una aportando perspectivas únicas, pero por separado, no se deben de mezclar.

Definitivamente religión y ciencia son opuestas en cuanto a sus métodos y fines, pero no están en conflicto. No son personas físicas para pelear. Sus métodos y fundamentos son distintos, pero no necesariamente incompatibles. Para muchas personas, se complementan en la búsqueda de la verdad y el significado. Reconocer sus límites y fortalezas permite un enfoque más rico y matizado, donde la razón y la fe no se excluyen, sino que se enriquecen mutuamente.

Debemos de mirar a las antiguas religiones bajo la luz del conocimiento moderno. De lo contrario, todavía estaríamos quemando “brujas” y “blasfemos” en las plazas públicas. Cada una tiene su lugar por separado, y la paz se mantendrá.

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