El ser humano tiene una capacidad asombrosa para llenar los vacíos del conocimiento con sus más profundos temores y esperanzas. Si no son ángeles o demonios, son alienígenas.
Recientemente, la desclasificación de expedientes secretos sobre ovnis o Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP, por sus siglas en inglés) por parte del gobierno estadounidense reavivó un debate que parecía sepultado en los foros de conspiración de los años noventa. Sin embargo, la reacción de ciertos sectores fundamentalistas dentro del evangelismo y el catolicismo, ha tomado un tinte tan dramático como medieval: La reactivación de la hipótesis demoníaca.
Para algunos creyentes, los ovnis no son naves de metal tripuladas por seres extraterrestres, sino “manifestaciones espirituales malignas”. Bajo esta “lógica”, los alienígenas no serían científicos cósmicos, sino demonios modernos disfrazados de tecnología para engañar a la humanidad en los "últimos días".
En el otro extremo del espectro teológico, sectores más “místicos” sugieren que podrían ser ángeles o “guardianes celestiales” enviados a salvarnos de nuestra propia autodestrucción nuclear.
Esta sobre-reacción revela una profunda crisis de racionalidad. La idea de que no somos el centro de la creación, como la mitología cristiana señala, genera un vértigo teológico que algunos intentan mitigar encasillando lo desconocido en las categorías bíblicas tradicionales del bien y del mal.
Mientras la narrativa mitológico-religiosa se desborda, la ciencia nos devuelve a la tierra, y a la dura realidad del espacio, con un balde de agua fría matemática: La Paradoja de Fermi.
Formulada por el físico italiano Enrico Fermi en 1950, la paradoja se resume en un simple cuestionamiento: ¿Dónde están? ¿Por qué no hemos encontrado trazas de vida extraterrestre inteligente, por ejemplo, sondas, naves espaciales o transmisiones? Si el Universo es infinitamente viejo y contiene miles de millones de planetas potencialmente habitables, las probabilidades matemáticas dictarían que la galaxia ya debería estar colonizada o, al menos, llena de señales de radio.
Recordemos la Ecuación de Drake (N = R* X fp X ne X fl X fi X fc X L), que intentaba calcular el número de civilizaciones en la Vía Láctea, donde “N” es el número de civilizaciones con las que, supuestamente, podríamos comunicarnos. Hay quienes han llegado a calcular, supuestamente, hasta millones de civilizaciones. Pero sin embargo, el cielo nocturno permanece en un silencio casi sepulcral. No hay mega-estructuras alienígenas, no hay transmisiones interestelares, no hay flotas enteras de naves espaciales visitando Yucatán.
El verdadero misterio no sería si los presuntos ovnis filmados por las fuerzas armadas estadounidenses son ángeles o demonios; el auténtico misterio es por qué, si la vida es probable, el cosmos parece un desierto.
Una
respuesta lógica, la más aceptada, a la Paradoja de Fermi es la hipótesis del
Gran Filtro, formulada por el economista estadounidense Robin Hanson, la idea
de que existe una barrera evolutiva o tecnológica casi insuperable que extingue
a las civilizaciones antes de que puedan viajar por las estrellas.
Esa hipótesis sería secundada por otra, de los científicos Jacob Haqq-Misra y Seth Baum, de la Pennsylvania State University, que sugieren que la clave está en el error de suponer que una civilización puede colonizar el universo a un ritmo exponencial. Según ellos, el agotamiento de los recursos impondría límites al desarrollo de cualquier civilización, por lo tanto, no se podría dar un crecimiento exponencial.
Tal vez el Gran Filtro sea el cambio climático, la contaminación ambiental, las guerras nucleares, o simplemente que la transición de materia inanimada a vida biológica inteligente es un fenómeno demasiado complejo para que se repita. Para muchos sólo somos el Cosmos mirándose a si mismo, somos uno con el todo, pero ese todo no es un dios, es la naturaleza misma en el constante proceso de evolución.
Siendo honestos y racionales, si hubiera extraterrestres en alguna parte del universo, sólo serían simples seres biológicos, relativamente similares a nosotros, aunque posiblemente con una composición bioquímica diferente, nada que ver con ángeles o demonios mitológicos.
Buscar explicaciones sobrenaturales a los videos borrosos del Pentágono es un ejercicio de nostalgia teológica oscurantista. La desclasificación de archivos no ha revelado pactos con Lucifer, ni tecnologías avanzadas de otros planetas. Sólo ha revelado las limitaciones de nuestros propios sistemas de vigilancia y la perenne incompetencia burocrática para identificar basura espacial, drones espía o fenómenos atmosféricos.
La Paradoja de Fermi sigue siendo la reina indiscutible del debate ufológico. La posibilidad de que estemos completamente solos en la inmensa oscuridad cósmica es un misterio mucho más aterrador, profundo y fascinante que cualquier viejo mito sobre dios o demonios disfrazados de astronautas.
Al final, el silencio de las estrellas nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. La respuesta no está en el cielo, sino en lo que decidamos hacer con nuestra propia supervivencia en este pequeño punto azul pálido, pues en realidad no estamos solos, hay que entenderlo, estamos rodeados por todos los demás.
No hay nada divino ni demoniaco en los ovnis o en los supuestos, y hasta el momento, inexistentes extraterrestres, dejémonos de patrañas y charlatanería ufológica.
PD:
Investigador es el que sí resuelve casos, no el que sólo colecciona “evidencias”
de supuestos ovnis.
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