20 junio 2026

Las creencias no merecen respeto


Algunos charlatanes intentan imponer una peligrosa falsedad que amenaza con asfixiar la libertad de expresión y el avance intelectual. Esa falsedad es: La idea de que todas las creencias merecen respeto.

 

Escuchamos con lamentable frecuencia la frase “si no crees respeta”, utilizada como un oscurantista escudo medieval para proteger dogmas, prejuicios e ideologías ilógicas de cualquier tipo de crítica o cuestionamiento.

 

Es hora de trazar una línea clara y categórica, con honestidad y franqueza: Las creencias no tienen derechos ni dignidad, las personas sí. Por si fuera poco, para colmo, las creencias no se pueden ofender, porque no son nadie; no se puede ofender una piedra o una escoba, igual las creencias. Es ridículo “defenderlas” pues no se pueden ofender.

 

El respeto, en su definición más profunda y ética, está intrínsecamente ligado al honor y a la dignidad. Y aquí radica el centro del asunto. Un concepto, una religión, una ideología política o una tradición, no poseen honor, ni dignidad, ni mucho menos capacidad de sentir, no tienen sentimientos. Son construcciones abstractas, herramientas del pensamiento humano. Como tales, no pueden ser “heridas”, humilladas, discriminadas u ofendidas. Por lo tanto, exigir respeto para una creencia es netamente es ilógico.

 

Las ideas no sangran, las personas sí. Cuando se confunde la protección de los individuos con la protección de sus dogmas, le abrimos la puerta a la censura, al estancamiento moral, y al fascismo. El mayor peligro surge cuando se pretende colocar una ideología religiosa o política, por encima de las libertades fundamentales y los derechos humanos.

 

Históricamente, las peores atrocidades se han cometido no por la ausencia de creencias, sino por el excesivo deseo de imponerlas y “protegerlas”. Cuando una doctrina exige la sumisión de la mujer, la persecución de las minorías o la supresión de la ciencia, esa creencia no solo no merece respeto, sino que debe ser combatida y refutada, con todo el peso de la lógica, la razón y la palabra.

 

Ninguna tradición, por más antigua que sea, y ninguna fe, por más extendida que esté, tiene el derecho de secuestrar la esfera pública ni de legislar sobre la vida de los demás. El límite de cualquier creencia es, y debe ser siempre, la dignidad de la persona humana. Por si fuese poco, siempre recordemos que toda creencia, toda fe, necesita ser creída para ser “verdad”.

 

A las personas se les debe tolerancia, empatía, protección legal y el derecho inalienable a profesar la fe o la ideología que elijan, y a no profesar ninguna. A las creencias se les debe someter a escrutinio, análisis, crítica, incluso a sátira y debate; y si es necesario, a ser refutadas y aplicarles el más absoluto desprecio intelectual. No podemos defender la oscuridad de la ignorancia y la necedad bajo la luz que nos da el conocimiento moderno. Eso es el deber ser.

 

Si alguien “se siente ofendido” porque alguien cuestionó, puso en duda o se burló de sus creencias, eso deja en evidencia una muy pobre autoestima, una mentalidad débil, un carácter frágil, además de un enjambre de traumas y complejos dignos de ser atendidos por un buen psicólogo. 

 

Una sociedad madura y democrática no es aquella donde nadie se siente “ofendido”, sino aquella donde todos tienen el derecho de expresar sus ideas y todos tienen el derecho de criticar las ajenas. Recuerda que nadie te puede ofender, a menos que tú mismo te apropies de esa supuesta ofensa. Seamos racionales, nadie puede ofender al ateísmo o al catolicismo porque no son personas, es estúpido sentirse ofendido porque alguien insulta o se burla de una postura ideológica.  

 

La ciencia y el conocimiento progresan destruyendo las viejas “certezas”, la filosofía avanza incomodando al poder establecido, los derechos sociales se conquistan desafiando las "verdades absolutas” de épocas oscuras. Incluso ideas como el nacionalismo o patriotismo son sofismas que funcionaron en el pasado, pero que en pleno siglo XXI no son más que patrañas que en lugar de aportar valores, generan odio y temor.

 

Si los independentistas y revolucionarios hubieran "respetado" las creencias de que la opresión y la esclavitud era un “orden natural”, o si las feministas hubieran "respetado" la idea de que la mujer era inferior e incapaz de votar, hoy todavía viviríamos en el oscurantismo.

 

Confundir el respeto a la persona con el respeto a sus creencias es un vil chantaje emocional que busca silenciar el progreso social. Tenemos la obligación ética de respetar al prójimo, de garantizar su seguridad y su libertad de conciencia. Pero ante las creencias que ese prójimo proclama y predica, nuestra única obligación es responder con franca honestidad intelectual.

 

Tengamos el valor y la decencia de someter las creencias al fuego de la crítica y el debate sin temor, si una idea es lo suficientemente sólida, resistirá la crítica, pero si se desmorona ante un argumento o una caricatura, es que nunca mereció el espacio que ocupaba. Incluso ideas antiguas sucumben ante pensamientos más actualizados, eso es el progreso, eso es el deber ser.  

 

Dejemos de proteger los dogmas ideológicos y empecemos a proteger a los seres humanos. Una creencia nunca te dará la mano para sacarte de un precipicio, pero una persona sí.

 

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