Algunos charlatanes intentan imponer una peligrosa falsedad que amenaza con asfixiar la libertad de expresión y el avance intelectual. Esa falsedad es: La idea de que todas las creencias merecen respeto.
Escuchamos
con lamentable frecuencia la frase “si no crees respeta”, utilizada como un oscurantista
escudo medieval para proteger dogmas, prejuicios e ideologías ilógicas de
cualquier tipo de crítica o cuestionamiento.
Es hora
de trazar una línea clara y categórica, con honestidad y franqueza: Las
creencias no tienen derechos ni dignidad, las personas sí. Por si fuera poco,
para colmo, las creencias no se pueden ofender, porque no son nadie; no se
puede ofender una piedra o una escoba, igual las creencias. Es ridículo “defenderlas”
pues no se pueden ofender.
El
respeto, en su definición más profunda y ética, está intrínsecamente ligado al
honor y a la dignidad. Y aquí radica el centro del asunto. Un concepto, una
religión, una ideología política o una tradición, no poseen honor, ni dignidad,
ni mucho menos capacidad de sentir, no tienen sentimientos. Son construcciones
abstractas, herramientas del pensamiento humano. Como tales, no pueden ser “heridas”,
humilladas, discriminadas u ofendidas. Por lo tanto, exigir respeto para una
creencia es netamente es ilógico.
Las ideas
no sangran, las personas sí. Cuando se confunde la protección de los individuos
con la protección de sus dogmas, le abrimos la puerta a la censura, al
estancamiento moral, y al fascismo. El mayor peligro surge cuando se pretende
colocar una ideología religiosa o política, por encima de las libertades
fundamentales y los derechos humanos.
Históricamente,
las peores atrocidades se han cometido no por la ausencia de creencias, sino
por el excesivo deseo de imponerlas y “protegerlas”. Cuando una doctrina exige
la sumisión de la mujer, la persecución de las minorías o la supresión de la
ciencia, esa creencia no solo no merece respeto, sino que debe ser combatida y
refutada, con todo el peso de la lógica, la razón y la palabra.
Ninguna
tradición, por más antigua que sea, y ninguna fe, por más extendida que esté,
tiene el derecho de secuestrar la esfera pública ni de legislar sobre la vida
de los demás. El límite de cualquier creencia es, y debe ser siempre, la
dignidad de la persona humana. Por si fuese poco, siempre recordemos que toda
creencia, toda fe, necesita ser creída para ser “verdad”.
A las
personas se les debe tolerancia, empatía, protección legal y el derecho
inalienable a profesar la fe o la ideología que elijan, y a no profesar
ninguna. A las creencias se les debe someter a escrutinio, análisis, crítica,
incluso a sátira y debate; y si es necesario, a ser refutadas y aplicarles el
más absoluto desprecio intelectual. No podemos defender la oscuridad de la
ignorancia y la necedad bajo la luz que nos da el conocimiento moderno. Eso es
el deber ser.
Si
alguien “se siente ofendido” porque alguien cuestionó, puso en duda o se burló
de sus creencias, eso deja en evidencia una muy pobre autoestima, una
mentalidad débil, un carácter frágil, además de un enjambre de traumas y
complejos dignos de ser atendidos por un buen psicólogo.
Una
sociedad madura y democrática no es aquella donde nadie se siente “ofendido”,
sino aquella donde todos tienen el derecho de expresar sus ideas y todos tienen
el derecho de criticar las ajenas. Recuerda que nadie te puede ofender, a menos
que tú mismo te apropies de esa supuesta ofensa. Seamos racionales, nadie puede
ofender al ateísmo o al catolicismo porque no son personas, es estúpido sentirse
ofendido porque alguien insulta o se burla de una postura ideológica.
La
ciencia y el conocimiento progresan destruyendo las viejas “certezas”, la
filosofía avanza incomodando al poder establecido, los derechos sociales se
conquistan desafiando las "verdades absolutas” de épocas oscuras. Incluso
ideas como el nacionalismo o patriotismo son sofismas que funcionaron en el
pasado, pero que en pleno siglo XXI no son más que patrañas que en lugar de
aportar valores, generan odio y temor.
Si los independentistas
y revolucionarios hubieran "respetado" las creencias de que la opresión
y la esclavitud era un “orden natural”, o si las feministas hubieran
"respetado" la idea de que la mujer era inferior e incapaz de votar,
hoy todavía viviríamos en el oscurantismo.
Confundir
el respeto a la persona con el respeto a sus creencias es un vil chantaje emocional
que busca silenciar el progreso social. Tenemos la obligación ética de respetar
al prójimo, de garantizar su seguridad y su libertad de conciencia. Pero ante
las creencias que ese prójimo proclama y predica, nuestra única obligación es
responder con franca honestidad intelectual.
Tengamos
el valor y la decencia de someter las creencias al fuego de la crítica y el
debate sin temor, si una idea es lo suficientemente sólida, resistirá la
crítica, pero si se desmorona ante un argumento o una caricatura, es que nunca
mereció el espacio que ocupaba. Incluso ideas antiguas sucumben ante
pensamientos más actualizados, eso es el progreso, eso es el deber ser.
Dejemos
de proteger los dogmas ideológicos y empecemos a proteger a los seres humanos.
Una creencia nunca te dará la mano para sacarte de un precipicio, pero una
persona sí.
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