Lejos de
ser una carga, la migración se ha convertido en el pilar silencioso que
sostiene el estilo de vida y el crecimiento del llamado “Norte Global”. Las
grandes potencias no solo dependen de ella, en muchos casos, se aprovechan de
su vulnerabilidad jurídica para maximizar beneficios.
El caso
de Estados Unidos es el más paradigmático. Según datos del Pew Research Center
y del Departamento de Agricultura de EUA (USDA), aproximadamente la mitad de
los trabajadores agrícolas del país son indocumentados. Frutas y verduras que
llegan frescas a los supermercados de Michigan, Nueva York, Washington o California
son recolectadas por gente que carecen de estatus legal. Sectores como la
construcción, la hotelería y el cuidado de personas mayores, un sector crítico
ante el envejecimiento demográfico, están sostenidos por mano de obra
extranjera.
Durante
la pandemia de COVID-19, el propio gobierno estadounidense clasificó a gran
parte de esta fuerza laboral como trabajadores esenciales, pero paradójicamente
muchos de ellos hoy siguen siendo deportables.
En Europa
el panorama no es distinto, países como España, Francia, Italia y Grecia
dependen de los migrantes para sostener su competitividad agrícola en la Unión
Europea. Economías como la de Alemania o Suiza, con un severo declive
demográfico, reconocen abiertamente la necesidad de atraer a más trabajadores
extranjeros para mantener su sistema de pensiones y su capacidad industrial.
¿Por qué
el sistema prefiere mantener a millones de personas en la irregularidad en
lugar de regularizar su situación? La respuesta es netamente económica
(capitalista): La vulnerabilidad es rentable.
Un
trabajador sin papeles es un trabajador que difícilmente denunciará abusos
laborales o salarios por debajo del mínimo por miedo a la deportación, no genera
costos de seguridad social o prestaciones de desempleo para las empresas que
los contratan, acepta jornadas extenuantes y condiciones deplorables que la
mano de obra local rechazaría.
Esa desigualdad
e injusticia permite a las economías desarrolladas mantener los precios de los
servicios y alimentos artificialmente bajos, por medio de la sobre-explotación
de los migrante. Es un secreto a voces, el sistema capitalista ha diseñado una
subclase trabajadora global que asume los costos de la producción sin disfrutar
de los derechos de la ciudadanía: Los migrantes.
Uno de
los argumentos más recurrentes de la retórica antiinmigración es las supuestas “perdidas”
que los migrantes causan al erario público. Sin embargo, los estudios
económicos rigurosos desmienten totalmente esa idea. Instituciones como la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) han
demostrado que la contribución fiscal de los migrantes es muy considerable.
En EUA,
el Institute on Taxation and Economic Policy (ITEP) estima que los inmigrantes
indocumentados pagan millones de dólares anuales en impuestos estatales y
locales para servicios y pensiones que lamentablemente, ellos mismos no podrían
reclamar.
En España
los migrantes son fundamentales para la economía y el sistema de bienestar. Ellos
aportan cerca del 10% de todos los ingresos de la Seguridad Social y
representan el 25% del crecimiento del PIB, ayudando a sostener el mercado
laboral frente al envejecimiento poblacional.
Ese
discurso que usa esa patraña de la “soberanía nacional” y el rechazo al
extranjero funciona muy bien para ganar elecciones usando a las masas incultas
e ignorantes; pero la realidad económica siempre termina imponiéndose por
encima de esos cuentos.
Las
grandes potencias industriales se encuentran atrapadas en su propia hipocresía,
pues exigen fronteras cerradas en los mítines políticos, pero mantienen las
puertas traseras abiertas en los centros de producción. Criminalizar al
migrante mientras se depende de su sudor para mantener el Producto Interior
Bruto no es solo un acto de miopía económica; es una profunda quiebra moral.
Si las
potencias económicas quieren seguir compitiendo y sobreviviendo en el siglo
XXI, deben dejar de tratar la migración como una crisis invasiva y empezar a
gestionarla como lo que realmente es: El recurso vital que mantiene a los grandes
países en pie.
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