En el
terreno del debate filosófico pocos recursos retóricos han sido tan mal
empleados como la falacia de Miguel de Unamuno, esa de "Hasta un ateo
necesita a Dios para negarlo". Pésima falacia, y más viniendo de un
“filósofo”.
A primera vista es una aparente paradoja que pareciera acorralar al no creyente en una red de contradicciones lingüísticas. Pero atrás del barniz “intelectual” se esconde una terrible falacia de petición de principio, que no solo es lógicamente endeble, sino que se derrumba ante el escrutinio.
Según la premisa de Unamuno, al pronunciar la negación, el ateo otorga una “validez existencial” a aquello que intenta invalidar. Es un juego de palabras dialéctico que pretende “obligar” al ateo a aceptar que, si el concepto de "dios" es necesario para la gramática de la negación, entonces el objeto de esa negación debe tener una “realidad inherente”. Es una falacia que intenta ganar el debate por decreto, transformando una herramienta semántica en una falsa prueba ontológica.
Para desmontar esa simple ilusión, simplemente es necesario presentar la siguiente analogía: Un ateo no necesita a dios para negarlo, así como un médico no necesita al cáncer para curarlo. Parece moraleja, pero eso sí es la realidad.
El error fundamental de la frase de Unamuno radica en querer confundir la existencia de una idea con la existencia de una entidad mitológica, que a todas luces no existe, y más si se necesita de este tipo de falacias para sustentarlo. Recordemos que sólo la mentira necesita sofismas y patrañas para sobrevivir.
La idea de “dios” sólo existe en el discurso humano, pues sólo es un constructo cultural, fuera de la sociedad humana no existe lo “divino”. El ateo no niega que la gente crea en dios, niega que dios exista como una entidad suprema más allá de esas simples creencias.
Utilizar la palabra “dios” para negarlo no es un acto de fe invertida, sino un ejercicio de precisión comunicativa. Es el uso de una etiqueta cultural para señalar un vacío. Un médico oncólogo puede hablar extensamente sobre el cáncer sin que el cáncer gane honor o dignidad por el hecho de ser nombrado, simplemente lo está situando en el plano de lo que debe ser analizado.
¿Por qué se insiste tanto en que el ateo "necesita" a dios? Simplemente porque la frase ofrece un consuelo reconfortante para el creyente, la idea de que su “divinidad” es tan ineludible que incluso sus detractores están rindiéndole tributo al hablar de “él”. Es un mecanismo de autoengaño, un sesgo cognitivo, que busca convertir esa ausencia en una forma de “presencia”.
La honestidad intelectual exige reconocer que la negación es un acto autónomo, la ausencia de algo no requiere que ese "algo" haya tenido que existir alguna vez para ser negado. Podemos negar la existencia de duendes, hadas, fantasmas o elfos, y para hacerlo hay que mencionarlos, pero en ningún momento estamos validando su existencia mediante el simple acto de nombrar.
La "necesidad" de dios de la que hablaba Unamuno es puramente gramatical, no existencial. El ateo es un simple consultor que examinó el tejido del mundo y determinó que lo sobrenatural o divino no tiene ningún fundamento. Y según algunos, igual que el médico que trabaja para erradicar la enfermedad, su labor no es una validación de la patología, sino un acto de higiene racional frente a ella.
La próxima vez que se nos diga que nuestra negación es una forma de “devoción”, recordemos la moraleja: La existencia de la palabra no es la prueba del objeto mencionado. Creer no es crear, eso es charlatanería.
Desmontar el mito de lo divino es, sencillamente, un paso hacia la claridad mental de un mundo que se explica a sí mismo. Pues sólo somos el universo que se mira a si mismo.
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