El ya muy gastado argumento apologético que intenta acorralar al no creyente con una maroma retórica, que dice “Si dios no existe, ¿por qué gastas tanta energía en negarlo? No se puede negar lo que no es”. Es una mera trampa dialéctica atractiva, pero profundamente falaz. Reducir el ateísmo a una simple reacción dependiente de la deidad es absurdo.
El ateo
no despierta cada día necesitando la figura de un dios para definir su postura.
El ateísmo no es un capricho, es el resultado de observar y analizar la
realidad del mundo tal y como se presenta, sin filtros metafísicos. Es una
conclusión lógica, es una evolución intelectual, no un antagonismo ideológico
como algunos lo quieren ver. Así como los niños al madurar dejan de creer en
hadas y duendes, algunos adultos maduran más y dejan de creer en dios.
Para
negar algo se necesita mencionarlo, así podemos negar la existencia de orcos,
elfos, dragones y fantasmas, y eso no valida su existencia; igualmente podemos
negar la existencia de “dios”, y con mayor razón negarlo si ese dios necesita
que creamos en él para que “exista”, pues sólo la mentira exige que se crea en
ella para que siga existiendo, pues de lo contrario desaparecería.
Seamos
claros, no está mal creer en dios. La fe, cuando es un motor de compasión, bondad,
ética personal y consuelo, es un aspecto absolutamente respetable de la vida
humana. El problema real jamás ha sido la creencia en dios, sino la imposición religiosa
a la fuerza, eso sí es un verdadero peligro social.
Pretender
que las leyes de un país se arrodillen ante los dogmas de una sola fe,
vulnerando las libertades y los derechos humanos de todos los demás, eso es una
tiranía. Cuando el dogma religioso intenta legislar sobre cuerpos y vidas ajenas,
coartar el conocimiento o recortar derechos civiles, deja de ser espiritualidad
para convertirse en dictadura. Ahí es donde surgen esas banderas rojas que
deben ser combatidas.
Resulta
paradójico mirar a quiénes son los primeros que protestan con antorchas contra
los no creyentes. Los ataques más abominables hacia la libertad de pensamiento
no provienen de mentes espirituales maduras, sino de individuos malignos y
perversos, de fe débil. Sólo los fanáticos, esos adictos a las patrañas, atacan
a los que las refutan, como los drogadictos atacan a quienes les quieren quitar
la droga.
Sólo aquellos
cuyas creencias son frágiles y débiles experimentan repulsión ante el escéptico
que no cree en ellas, casi como si fuera una amenaza existencial, pero eso
refleja su propia oscuridad existencial. Son como los vampiros que repudian la
luz del sol. Por eso el fanático necesita que todos crean en sus patrañas para
convencerse a sí mismo de que su fe es real y que él tiene “la razón”. Su
soberbia es la auténtica fuente de la “fuerza de su fe”.
Pero por
el contrario, un individuo con una fe sólida y madura no busca cruzadas ni
necesita debates apologéticos, pues no se siente vulnerado por el que piensa
distinto. Quien posee entereza y una convicción profunda busca vivir en paz y
armonía con sus semejantes, sabiendo que sus creencias no dependen de lo que
hagan o digan otros.
Al final
del día, la madurez de una sociedad se mide por su capacidad de coexistir. Ni el
ateo necesita a dios para afirmar su razón, ni el creyente verdadero necesita
el silencio del ateo para sostener su fe. La libertad de creer es idéntica a la
libertad de no creer, y entender esto no es una cuestión de teología, sino de
pura y simple humildad.
Ahí se
las dejo de tarea.
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