Es común escuchar juicios sobre quienes tras tocar fondo en el abismo de la drogadicción, encuentran refugio en la religión, o sobre aquellos que, tras una desilusión profunda con la iglesia, abrazan el ateísmo.
Cuando una persona se adentra en el mundo de las adicciones, lo que pierde no es solo su salud, sino toda su estructura de vida. El “tocar fondo” es un momento de desolación absoluta donde la persona ha sido fracturada y aniquilada por la adicción.
Que alguien encuentre en la fe cristiana un soporte para reconstruirse no necesariamente debería ser visto como una forma de "escapismo", sino como una necesidad de redención y orden. Para muchos, esa conversión a la fe no es por un análisis intelectual teológico, sino por un simple intento de supervivencia.
¿Es menos válido un analgésico porque fue dado en el momento de mayor dolor? La transformación conductual que a menudo sigue a este proceso, la sobriedad, el servicio al prójimo y la recuperación de la identidad, es un hecho tangible en muchos casos.
¿Juzgar el origen del cambio invalida al cambio mismo? Por el otro lado, encontramos al individuo que abandona la fe tras una crisis de sentido o una decepción institucional. Existe la tendencia errónea a minimizar el ateísmo como un “berrinche emocional” o una respuesta “inmadura” ante una estructura o sistema que ya no satisface.
Sin embargo, si analizamos con honestidad, el ateísmo, al igual que la fe, no siempre nacen de un estudio filosófico. A menudo nacen de la indignación moral o del descubrimiento de la inconsistencia entre la creencia y la realidad humana.
Cuando la religión deja de ser un lugar de consuelo para convertirse en un factor de represión o traumas, el rechazo a la fe es una respuesta intelectual natural de autoprotección mental. ¿Acaso es menos serio un ateísmo que nace del dolor que uno que nace del estudio académico?
El error común en ambos casos es exigir que las posturas existenciales nazcan de un profundo estudio, desprovistas de sentimientos, temor o circunstancias muy personales. Algunos esperan que la gente elija sus creencias o filosofías como quien elige un producto en un catálogo, con calma y objetividad, pero esto no es así.
Esta condición humana es casi por definición, una vivencia. Casi nadie llega a sus convicciones finales desde la neutralidad, casi todos llegamos a ellas a través de experiencias, razonamientos y de nuestras cicatrices de vida.
La conversión “por necesidad” puede ser, en cierta forma, un acto de humildad, pues es reconocer que esa aparente “autosuficiencia” ha fracasado. El desapego a una forma de pensar por frustración puede ser un auténtico acto de honestidad, pues es negarse a seguir una idea que ya no se siente como la verdad.
Etiquetar estas transiciones como "insuficientes" es una forma casi elitista que desprecia el dolor ajeno. Si un exadicto logra, a través de la fe, una vida plena y constructiva, o si un exreligioso encuentra, a través del ateísmo, una mejor ética humanista que le da mejor sentido a su existencia sin el sesgo del dogma, ¿quiénes somos nosotros para cuestionar su camino y trayectoria? Esos son los beneficios de la auténtica libertad de culto y de pensamiento.
El verdadero problema no es el “por qué” la gente cambia, sino el “qué hacen” con ese cambio. Si el cristianismo nacido de la adicción promueve el amor y la integridad, y si el ateísmo nacido de la frustración promueve la empatía y la razón, entonces ambos procesos han cumplido la función más noble de cualquier postura o filosofía: Salvar al individuo de su propia destrucción.
Pero si su aparente cambio lo utilizan para atacar y odiar a inocentes, en realidad sólo es una máscara que muestra el lado más oscuro de su ser. Conocemos a numerosos fanáticos religiosos que son reconocidos promotores de ideologías de odio, que sólo desean la destrucción y la muerte de quien no siga sus creencias; pero también hemos sabido de no creyentes que atacan a toda persona por el simple hecho de creer en alguna religión. Ambos casos son igual de malos, pero lo malo esta en ellos como individuos, no por su ideología.
Al final del día, las etiquetas no importan, lo que sí importa es la capacidad de reconstruirse desde las cenizas. Pues ya sea a través de la oración o del cuestionamiento, el ser humano siempre estará buscando lo mismo: Encontrar un suelo firme donde poder desarrollarse como persona dentro de la sociedad.
Pero hay que madurar para poder darse cuente de esto. Ahí se las dejo de tarea.
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