Existe
una máxima no escrita en las oficinas de las grandes cadenas de medios de
comunicación: "Si millones de personas lo consumen, no puede ser tan
malo". Es la falacia de la popularidad convertida en modelo de negocio.
Sin embargo, frente a esta complacencia corporativa, surge una metáfora tan cruda
como irrefutable, al que llamo el Teorema de la basura y las moscas.
La
premisa es sencilla: La basura atrae a las moscas. No importa si son cientos,
miles o millones sobrevolando el mismo desecho; su número no transforma la
inmundicia en miel, ni otorga prestigio al “banquete”. Simplemente confirma la
naturaleza del insecto y la descomposición del objeto.
En la era
del “rating” y el “engagement”, hemos confundido el éxito con la relevancia.
Los medios de comunicación, en su desesperada carrera por la supervivencia
económica, han claudicado ante la telebasura y el contenido viral degradante.
Bajo el pretexto de "darle al público lo que pide", se han convertido
en vertederos de lo peor de la sociedad.
En
programas de televisión y en plataformas de internet podemos ver exhibicionismo
emocional con la explotación de la miseria ajena como espectáculo, la
polarización manufacturada de debates a gritos donde la verdad es lo de menos y
el conflicto lo es todo, y la sobrevaloración de la pseudo-información, rumores
elevados a la categoría de noticia para alimentar el algoritmo del morbo.
Las redes
sociales han perfeccionado este teorema. Mientras que la televisión tradicional
dependía de una programación horaria, el entorno digital nos ofrece un flujo
infinito de basura personalizada. El problema no es solo que el contenido
carezca de valor pedagógico o estético, sino que está diseñado para apelar a
nuestros instintos más bajos: La ira, el miedo, el morbo y el voyerismo.
Decir que
un programa es "bueno" solo porque tiene millones de visualizaciones
es como decir que un accidente de tráfico es un éxito cultural porque todos los
conductores frenan para mirarlo. La atención no es lo mismo que la aprobación
de valor.
El
peligro real del "Teorema de la basura y las moscas" es la
resignación. Si aceptamos que la masa define la calidad, condenamos al
ostracismo cualquier intento de rigor, belleza o profundidad. Una audiencia de
millones puede tener el poder de hacer millonario a un creador de contenido
deplorable, pero no tiene el poder de convertir la miserable mediocridad en
virtud.
Como
sociedad, nos toca decidir nuestro papel en este ecosistema. Podemos seguir
siendo parte de la nube de insectos que valida la mierda con su presencia, o
podemos empezar a exigir una dieta mediática que nos trate como ciudadanos con
criterio y no como simples moscas atraídas por el último rastro de basura audiovisual.
Al final del día, la basura seguirá siendo basura, sin importar cuántos millones
de ojos se posen sobre ella.
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