En pleno siglo XXI, cuando la humanidad ya discute sobre la colonización de Marte, el alcance de la inteligencia artificial y los límites de la física cuántica, un oscuro rincón de las redes sociales insiste en vendernos una fantasía sacada de un comercial de electrodomésticos de 1940.
El auge
del tema de las “tradwives” (esposas tradicionales) no es una simple tendencia
de moda o un pasatiempo estético, es el síntoma de un auténtico cáncer cultural
muy grave y, al mismo tiempo, una declaración de debilidad “masculina”.
La repentina
fama desmedida hacia ese modelo por parte de ciertos sectores “masculinos” no
nace del amor a la tradición, sino de la fragilidad y la inseguridad. Sólo
aquellos atrapados en una masculinidad frágil y una hombría endeble necesitan que
su entorno sea un simulacro de sumisión para sentirse válidos. Parece que esos
tipos con sesgo cognitivo no tienen nada interesante que hacer con sus vidas y
por eso, de nuevo, se ponen a atacar a las mujeres.
Para
estos perfiles, una mujer fuerte, independiente e inteligente no es una
compañera, sino una amenaza existencial a su frágil ego de porcelana. Prefieren
la patraña de la mujer subyugada porque es la única forma en que sus pobres
expectativas de mediocridad no queden en evidencia. Si tu valor como hombre
depende de que tu pareja no tenga voz ni autonomía, el problema nunca fue ella,
siempre fuiste tú.
La mujer
ya llegó al espacio, ha liderado naciones y transformado la ciencia, y hoy
pretenden que su mayor aspiración sea el brillo perfecto de una sartén, y para
colmo ahora le quieren quitar el derecho al voto.
Esta
corriente es, sin duda, una de las mayores aberraciones ideológicas que
pretenden normalizarse en nuestra era. Es un intento burdo de revertir décadas
de luchas sociales que costaron sangre, sudor y lágrimas. Promover que el ideal
femenino es el aislamiento doméstico y la dependencia económica absoluta no es
"romántico", es peligroso.
Lo más
irónico de esta burda patraña es su absoluta desconexión con la realidad. Estas
dinámicas las graban influencers con cámaras de 4K, se editan con filtros
perfectos y se monetizan gracias al algoritmo. Es una contradicción ridícula.
Si tanta es su urgencia de renunciar a la modernidad y abrazar el ascetismo del
siglo pasado, la invitación está abierta: Dejen la comodidad de sus residencias
urbanas y váyanse a la sierra a vivir la verdadera vida rural y tradicional.
Habría
que ver cuánto duran esos “machitos” de cristal, y esas princesas de plástico, con
su idilio de sumisión y tareas extenuantes en el campo sin la ayuda del
lavavajillas automático, sin el aire acondicionado y, por supuesto, sin la
conexión a wifi que les permite publicitar su farsa de santidad doméstica.
El
progreso no es lineal y este fenómeno lo demuestra. La sociedad no puede
permitirse el lujo de validar como "elección respetable" un discurso
que busca desmantelar la emancipación femenina. La cocina dejó de ser el
destino obligatorio de la mujer para convertirse, simplemente, en una
habitación más de la casa.
Quienes
pretendan encerrarlas de nuevo ahí, sólo exponen su propia miseria, miedo y
mediocridad para competir en un mundo donde el verdadero talento ya no tiene
género.
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