24 febrero 2026

Los contenidos basura y los usuarios moscas


Es fascinante, y un poco aterrador, ver cómo la tecnología ha convertido ese instinto de mosca buscando basura en una fórmula sistemática. Si antes la telebasura dependía de quien encendiera la televisión, hoy el algoritmo sabe exactamente qué tipo de contenidos basura ofrecerte para que no puedas apartar la mirada.

Es verdaderamente lamentable y preocupante constatar que el Teorema de las Moscas y la Basura se cumpla a escala global. Hay una trampa en todo esto, es lo que algunos llaman el “secuestro de la dopamina”, que es cuando los algoritmos no están programados para mostrarte lo bueno y de calidad, sino lo que genera una mayor retención de la atención del público.

Cuando interactúas con un contenido deplorable, ya sea por morbo o por indignación, tu cerebro libera dopamina, la hormona del placer. El algoritmo interpreta ese segundo extra que te detuviste a mirar como una señal de éxito. No distingue si estás disfrutando o si estás horrorizado; solo detecta que estás ahí.

Se ha demostrado que las emociones negativas, especialmente la ira y el desprecio, se propagan mucho más rápido que las positivas, que es lo que pasó con el fraude de los therians. El algoritmo te muestra contenido que refuerza tus prejuicios o que te hace enfurecer contra "el otro bando", por eso hay millones de personas consumiendo basura solo para poder criticarla en los comentarios, lo cual, irónicamente, le da más visibilidad al contenido. Es el banquete perfecto para las moscas, cuanto más huele, más atrae.

Los algoritmos de recomendación de las redes sociales priorizan el consumo rápido, en 20 segundos es imposible construir un argumento sólido, pero es muy fácil humillar a alguien, soltar un dato falso impactante (clickbait), o apelar al morbo visual.

Hay que saber que el contenido de valor y calidad tiene un tiempo de digestión lento porque necesita de reflexión, requiere un esfuerzo activo del usuario, pues se tiene que pensar o analizar, pero su recompensa es que genera crecimiento intelectual, lamentablemente tiene una viralidad limitada a ciertos nichos mediáticos.

Por el otro lado, el contenido basura tiene un tiempo de digestión instantáneo pues busca la reacción visceral, el esfuerzo del usuario televidente es pasivo, pues sólo busca deslindar y observar, por lo que su gratificación es inmediata (por la dopamina), y su viralidad es masiva.

El algoritmo utiliza la “prueba social” para validar la basura. Si ves que un video tiene 10 millones de likes, tu cerebro asume inconscientemente que "hay algo que ver ahí", aunque sea un contenido vacío o degradante. Esto crea una espiral donde la masa atrae a más masa, no por la calidad del banquete, sino por el volumen del zumbido.

Al final, el algoritmo es el espejo de nuestros impulsos más bajos, amplificados por una potencia de cálculo desmedida. Y así es porque los contenidos basuras atraen a tantos usuarios moscas en los medios y las redes.

Recuerda, no porque muchas moscas prefieran la basura, la basura deja de ser basura, ella sigue siendo basura, y ellos siguen siendo moscas.

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20 febrero 2026

Los antiguos cristianos no odiaban el amor



En el fragor de las falsas “guerras culturales” contemporáneas, se suele presentar a la Iglesia Católica como un monolito de aparente “inmutabilidad moral”, pero en realidad es una institución que no siempre ha visto la diversidad sexual y de género con la misma lupa de condena que hoy quieren dictar algunos.

Si desempolvamos los archivos antiguos, la historia nos da un reflejo mucho más matizado y sorprendentemente menos punitivo de lo que la narrativa conservadora sugiere. No es revisionismo caprichoso; se trata de hechos documentados que demuestran que, en el pasado, la fluidez de género y los vínculos afectivos entre personas del mismo sexo encontraron un espacio amable de convivencia dentro de la fe.

Hoy en día, el cambio de vestimenta o de identidad de género suele provocar “tensiones doctrinales” a algunos. No obstante, la hagiografía (la historia de los santos) está repleta de figuras que hoy llamaríamos personas trans, o de género fluido, y que en su momento fueron veneradas precisamente por su capacidad de transformarse.

Casos como los de las llamadas “Santas trans” como Santa Eugenia de Roma, Santa Marina la Monja y Santa Eufrosina de Alejandría no son anécdotas aisladas. Estas mujeres adoptaron identidades masculinas para ingresar en monasterios y vivir como monjes.

Santa Eugenia de Roma (siglo III) escapó de su casa vestida de hombre para evitar un matrimonio forzado, y así ingresó a un monasterio, e incluso llegó a ser abad del monasterio, y su identidad se mantuvo oculta por años, hasta que una mujer le acusó de haber abusado de ella, por lo que tuvo que revelar su secreto. 

Santa Marina, o “Marino”, vivió toda su vida adulta (siglo VI) como un hombre monje. Incluso fue acusada falsamente de dejar embarazada a una mujer y aceptó el castigo y la expulsión sin revelar su sexo biológico, manteniendo su identidad masculina hasta su muerte.

Santa Eufrosina de Alejandría (siglo V) igualmente la iban a casar a la fuerz, pero ella quería ser religiosa, así que se cortó el cabello y se vistió como hombre para escapar. Ingresó en un monasterio masculino bajo el nombre de “Esmeraldo” (Smaragdus). Años después, en su lecho de muerte, le reveló su verdadera identidad a su padre.

Para la mentalidad medieval la “transformación física” no era un “pecado” contra la naturaleza, fue una herramienta para alcanzar una vida espiritual que la sociedad de la época negaba a las mujeres. No había nada perverso en ello, como hoy en día algunos promotores del odio arguyen.

Si hablamos de uniones entre personas del mismo sexo, el caso de Pedro Díaz y Muño Vandilaz, en la Galicia del siglo XI, rompe cualquier tabú. En el municipio de Rairiz de Veiga, estos dos hombres se unieron ante un párroco mediante un contrato que cumple todas las fórmulas matrimoniales de la época.

Este no es un caso de "amistad cercana" oculto por la historia; es un caso real documentado de una unión, compartían bienes, vida y espiritualidad bajo la bendición de la iglesia. Aunque algunos erróneamente creen que se trató de un rito de “hermanamiento” (adelphopoiesis), lo cierto es que la estructura legal y cotidiana de su convivencia era, para efectos prácticos, la de un auténtico matrimonio. Y no fue el único caso. Por si fuese poco, todo esto es sin tener que mencionar los relatos de amor entre personas del mismo sexo escritos en las mismas páginas de la Biblia, como el caso de David y Jonatán o el de Rut y Noemí.

¿Por qué parece que el pasado era más flexible que el presente? Existen varias razones clave, entre ellas la ausencia de categorías de identidad sexual en el pasado, pues en la antigüedad no existía el concepto de "homosexual" como una identidad psicológica; en aquel entonces se juzgaban los actos, no las personas. La renuncia al género biológico en estos “santos” se vio como un sacrificio espiritual, no como una rebelión moral.

De hecho, en el pasado no existía el “pecado de sodomía”, esa fue una invención del benedictino Pedro Damián, a mediados del siglo XI, en su obra Liber Gomorrhianus; pero si estudiaran bien los textos bíblicos, los sodomitas fueron “condenados” por su arrogancia y falta de hospitalidad, no por ser homosexuales, dejando expuesta una evidente tergiversación intencional de los textos religiosos sobre ese tema.

Negar que la historia del catolicismo ha tenido periodos de una evidente tolerancia hacia la diversidad sexual, es querer ignorar la propia evidencia que la Iglesia ha preservado en sus propios santorales y archivos. Hoy pareciera que muchos “cristianos” odian el amor de los demás, y odian más su felicidad.  

El pasado nos enseña que la “rigidez actual” (¿odio?) no es una herencia milenaria inalterable, sino una construcción hecha por intereses particulares mucho más reciente. Aquellos "santos disfrazados" y aquellas parejas de hombres, y de mujeres, que compartieron pan y vino ante su dios no eran parias, eran parte del tejido de una fe que, en su momento, fue lo suficientemente abierta y comprensiva como para albergarlos a todos, como su mandamiento de amar al prójimo así lo ordena, pues a final de cuentas, el auténtico amor es buscar la felicidad del otro.

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18 febrero 2026

Therians: Cortina de humo de la ultraderecha


En los últimos meses, los medios amarillistas se han inundado con notas que parecen sacadas de una novela de conspiraciones y ciencia ficción de bajo presupuesto hablando de los supuestos “therians”.

 Esos grupos de personas, mayoritariamente jóvenes, que según esas “fuentes” afirman identificarse como animales no humanos, hoy son su foco. Sin embargo, si rascamos la superficie de ese aparente fenómeno conductual, lo que encontramos no es una crisis de identidad psicológica, sino una maquinaria de distracción perfectamente maquinada.

Resulta estadísticamente, y ridículamente, irrelevante el número de individuos que presuntamente participan en estas subculturas de nicho. No obstante, la atención que reciben en medios de comunicación y plataformas digitales amarillistas es masiva. ¿Por qué un puñado de adolescentes con máscaras de cartón ocupa más tiempo al aire que la discusión sobre reformas fiscales opresoras o la grave crisis de corrupción e inseguridad?

La respuesta es sencilla: La indignación vende, pero la distracción protege. No estamos ante un movimiento social genuino con peso político, estamos ante un síntoma fabricado para alimentar la “guerra cultural”, es una vil cortina de humo.

No es coincidencia que el auge del “pánico moral” por los therians y otros grupos similares coincida con momentos de crisis y vulnerabilidad para las estructuras de ultraderecha y sus círculos de poder.

Al elevar una anécdota de internet a la categoría de "amenaza a los valores occidentales", se logra lo siguiente:

1.- Saturación de Bulos: Mientras el público discute por “noticias”, se ignoran las verdaderas investigaciones pesadas sobre redes de corrupción y abusos vinculadas a grupos de poder conservadores, como los cómplices de la Lista es Epstein o los Cazadores de humanos en Bosnia.

2.- Deshumanización del Adversario: Al asociar cualquier forma de “disidencia” o identidad alternativa con lo absurdo, las agendas de ultraderecha deslegitiman otros reclamos sociales auténticamente legítimos por asociación, como el acceso libre al aborto.

3.- Protección de las mafias reales: El foco público se aleja de los crímenes financieros y los abusos de autoridad cometidos por grupos de poder y radicales de la ultraderecha, ahora presentándolos a ellos como los "últimos defensores de la cordura" frente a una falsa invasión de personas-animales.

Recordemos que el mayor éxito de una cortina de humo no es ocultar la verdad, sino hacer que la audiencia mire hacia el lado equivocado con la boca abierta. Ya circulan hasta videos hechos con inteligencia artificial sobre los supuestos therians, y las supuestas movilizaciones que se planean, no es nada descabellado adivinar de que en futuras presentaciones se va a tratar de simples acarreados, como ya ha sucedido.

Refutar la existencia del “movimiento therian” como un movimiento real no es negar que existan jóvenes con pasatiempos peculiares; es entender que dicho “movimiento" ha sido inflado artificialmente con noticias e imágenes falsas. Se ha creado un monstruo de paja para que el ciudadano promedio se sienta amenazado por algo que es inofensivo, mientras las verdaderas mafias, con rosario en mano, traje y corbata, continúan operando desde las sombras de la política institucional.

Es hora de dejar de perder el tiempo debatiendo sobre máscaras de zorro y empezar a cuestionar quiénes son los verdaderos depredadores que se benefician de nuestra distracción para seguir cometiendo abusos y corromper todo lo que esté a su alcance. 

Ahí se las dejo de tarea.

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17 febrero 2026

El origen de la moral no es cristiano


 

Durante siglos, se ha perpetuado la falsa narrativa de que occidente goza de un marco moral gracias a la herencia judeo-cristiana. Bajo éste mito, conceptos como la compasión, el "no matarás" o la justicia serían invenciones “divinas” entregadas en tablas de piedra o sermones galileos. Nada más falso.

 

La evidencia arqueológica, antropológica y biológica desmiente esta exclusividad. La moral no es una concesión del cristianismo, sino un instinto biológico y una construcción social muy anterior a él. Mucho antes de que existieran los “textos sagrados”, la selección natural ya favorecía comportamientos que hoy calificamos de "morales".

 

En los antiguos grupos de cazadores-recolectores, el egoísmo extremo era una sentencia de muerte, mientras que el altruismo recíproco garantizaba la supervivencia del grupo. Estudios en primatología, como los realizados por Frans de Waal, demuestran que chimpancés y bonobos muestran rasgos de empatía, reciprocidad y sentido de la equidad. Si nuestros antiguos parientes evolutivos mostraron esas conductas sin haber leído las “Escrituras”, queda evidenciado que la moralidad tiene raíces neurobiológicas profundas, no teológicas.

 

Hay otros estudios que señalan que la moral se transmite genéticamente, las investigaciones sugieren que lo que heredamos no son "reglas de conducta", sino una predisposición biológica para cooperar y convivir, pero eso ya es profundizar demasiado.

 

La historia de las civilizaciones ofrece pruebas irrefutables de que la estructura ética ya era compleja miles de años antes del nacimiento de Jesús. Por ejemplo, el Código de Hammurabi, aproximadamente del Siglo XVIII antes de nuestra era, en Mesopotamia, ya legislaba sobre la justicia y la protección de los débiles. En Sumeria la Reforma de Urukagina, que hablaba de justicia social, era del 2400 antes de nuestra era

 

El Ma’at en el Antiguo Egipto, del siglo XXVII antes de nuestra era, ya hablaba del concepto de armonía, verdad y justicia, que era el eje central de la vida egipcia siglos antes del “Éxodo”.

 

“La Regla de Oro”, el principio de "trata a los demás como quieras ser tratado" fue formulado por filósofos en Grecia como Tales de Mileto (siglo VII antes de nuestra era) y Confucio en China (siglo VI antes de nuestra era) mucho antes de aparecer en el “Nuevo Testamento”.

 

En Grecia la Ética Aristotélica ya hablaba de la virtud y la razón, en el siglo IV antes de nuestra era; y en la India la filosofía del Dharma y Ahimsa ya abordaba el tema de la no violencia en el siglo VI antes de nuestra era.

 

El cristianismo no inventó la moral, sino que la copió, la codificó y la adaptó a su propia cosmogonía. La idea de que sin religión "todo está permitido", frase erróneamente atribuida a Dostoievski, se desploma ante la realidad de las familias y sociedades seculares modernas. Países con bajos índices de religiosidad, como los escandinavos, presentan niveles de criminalidad mucho menores y mayores índices de bienestar social y honestidad que naciones profundamente religiosas.

 

Recordemos las palabras del periodista estadounidense Jeffrey Tayler: "La moralidad es hacer lo que está bien, independientemente de lo que se te diga. La religión es hacer lo que se te dice, independientemente de lo que está bien".

 

Por lo que afirmar que la moral surge del cristianismo es querer ignorar milenios de historia humana y la esencia misma de nuestra especie. La ética es el resultado de nuestra necesidad de convivencia y de nuestra capacidad racional para entender el sufrimiento ajeno.

 

El cristianismo ha sido, en el mejor de los casos, un vehículo para transmitir ciertos valores, varias veces a la fuerza, en una etapa temprana de la historia. Pero la fuente original no está en la cultura judeo-cristiana, sino en nuestra propia biología y nuestra vida en comunidad. Somos animales sociales, y esa es la curda y tangible realidad.

 

Que todos tengan una muy bella y desmitificante noche.

 

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12 febrero 2026

La ciencia no afirma que la vida inicia desde la concepción



En el fragor del debate en redes, pareciera que la necedad le gana la batalla a los datos. Sin embargo, cuando hablamos de salud pública y derechos reproductivos, las palabras tienen consecuencias reales. Para legislar y opinar con responsabilidad, es imperativo separar el dogma y las creencias de la evidencia verificable.

Analicemos cuatro de los pilares argumentales (posverdades) más comunes usados por los opinólogos “próvida” en contra del derecho a la interrupción del embarazo, a la luz de la ciencia.

Posverdad: “La ciencia afirma que la vida inicia desde la concepción”.

La biología reconoce que la fecundación crea una célula con un nuevo ADN único, pero la "vida" es un continuo biológico, hay vida desde antes en el espermatozoide y el ovulo. El consenso científico y bioético moderno hace plena diferencia entre la vida biológica, presente en cualquier célula viva, y la persona jurídica y funcional.

Que “muchos” de biólogos opinen que “la vida inicia en la concepción”, no significa que eso sea un hecho real verificado. En el 2021 se hizo una encuesta ("The Scientific Consensus on When a Human’s Life Begins" de Steven Andrew Jacobs, publicado en Issues in Law & Medicine, Vol. 36, No. 2, 2021) en la cual se contactó a 62,469 biólogos para cuestionarles esto, y sólo el 5,577 (apenas un 8.93%) respondió que cree en eso. Esto expuso un muy evidente sesgo en el muestreo, evidenció la autoselección y el método de reclutamiento de listas institucionales, que no representa a todos los biólogos, y esto minimiza totalmente la representatividad del estudio.

La mayoría de las legislaciones y organismos de salud, como la OMS, se basan en datos duros sobre el desarrollo neurológico. Hasta la semana 24, aproximadamente, el feto no posee las conexiones corticales necesarias para procesar el dolor o tener conciencia. De hecho, la ciencia no tiene una postura unánime sobre cuándo comienza la "persona"; esa es una interpretación ideológica, no un hecho biológico absoluto que dicte políticas de salud.

Posverdad: “El aborto mata a un bebé inocente”.

El uso del término "bebé" en etapas embrionarias es una evidente e intencional imprecisión técnica utilizada para apelar a la emocionalidad.

En medicina, el desarrollo prenatal se divide en 3 etapas: Cigoto, embrión y feto. La gran mayoría de los abortos legales, más del 90%, ocurren en el primer trimestre, cuando el producto es un embrión de pocos milímetros sin órganos funcionales ni viabilidad extrauterina. Un feto no es un "bebé" hasta que nace. Legalmente, los derechos de personalidad se adquieren al nacer vivo, según la mayoría de los códigos civiles internacionales.

Posverdad: “El aborto oculta al violador para seguir abusando de la víctima”.

Este argumento sugiere que la interrupción del embarazo es un cómplice del agresor, cuando la realidad operativa de los sistemas de salud, en realidad, es la opuesta. En los protocolos de interrupción voluntaria del embarazo por violación, el personal de salud actúa como sujeto obligado de denuncia. El acceso al sistema de salud permite recolectar muestras de ADN fetal (pruebas periciales) y activar rutas de protección para la víctima que, de otro modo, permanecería en la sombra.

Obligar a una niña, o mujer, a parir el fruto de una agresión sexual, no castiga al violador, en realidad se castiga con eso a la víctima, profundizando el trauma y su vulnerabilidad social. Es una total atrocidad.

Posverdad: “El aborto trauma a la niña de por vida”.

Este es quizá uno de los mitos más extendidos, a pesar de haber sido desmentido por las asociaciones de psicología más prestigiosas del mundo. Por mencionar uno, el ANSIRH (Advancing New Standards in Reproductive Health) de la Universidad de California, San Francisco, realizó un muy completo estudio, el Turnaway Study, que demostró que no existe un "síndrome post-aborto". De hecho, el sentimiento prevalente en mujeres tras un aborto legal es el alivio.

Los problemas de salud mental tras un aborto están correlacionados con el estigma social, la falta de apoyo o trastornos previos, no con el procedimiento en sí. Por el contrario, a las mujeres a las que se les niega un aborto presentan mayores niveles de ansiedad y menores indicadores de bienestar económico y físico a largo plazo.

Personalmente he conocido a mujeres que han abortado, y ninguna se ha tenido que arrepentir por ello, a pesar de que individuos de ideología oscurantista intentaron atacarlas y reprocharles el hecho. Hoy son mujeres felices y que viven en paz y armonía en sus familias.   

El debate sobre el aborto debe migrar de las percepciones subjetivas a la seguridad clínica. La irracional criminalización no impide los abortos, solo los hace peligrosos para quienes no tienen recursos. Los datos son claros, el acceso al aborto legal es una medida de salud pública que salva vidas y garantiza la auténtica autonomía humana.

La libertad de conciencia no consiste en imponer la propia a los demás, sino en permitir que cada individuo decida sobre su propio proyecto de vida basándose en la mejor información disponible.

El feto está dentro del cuerpo de la mujer, vive de ella, por lo que ella tiene todo el derecho del mundo a elegir su futuro. Les guste o no, el aborto es un derecho de toda mujer.

 

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03 febrero 2026

El Teorema de la basura y las moscas



Existe una máxima no escrita en las oficinas de las grandes cadenas de medios de comunicación: "Si millones de personas lo consumen, no puede ser tan malo". Es la falacia de la popularidad convertida en modelo de negocio. Sin embargo, frente a esta complacencia corporativa, surge una metáfora tan cruda como irrefutable, al que llamo el Teorema de la basura y las moscas.

 

La premisa es sencilla: La basura atrae a las moscas. No importa si son cientos, miles o millones sobrevolando el mismo desecho; su número no transforma la inmundicia en miel, ni otorga prestigio al “banquete”. Simplemente confirma la naturaleza del insecto y la descomposición del objeto.

 

En la era del “rating” y el “engagement”, hemos confundido el éxito con la relevancia. Los medios de comunicación, en su desesperada carrera por la supervivencia económica, han claudicado ante la telebasura y el contenido viral degradante. Bajo el pretexto de "darle al público lo que pide", se han convertido en vertederos de lo peor de la sociedad.

 

En programas de televisión y en plataformas de internet podemos ver exhibicionismo emocional con la explotación de la miseria ajena como espectáculo, la polarización manufacturada de debates a gritos donde la verdad es lo de menos y el conflicto lo es todo, y la sobrevaloración de la pseudo-información, rumores elevados a la categoría de noticia para alimentar el algoritmo del morbo.

 

Las redes sociales han perfeccionado este teorema. Mientras que la televisión tradicional dependía de una programación horaria, el entorno digital nos ofrece un flujo infinito de basura personalizada. El problema no es solo que el contenido carezca de valor pedagógico o estético, sino que está diseñado para apelar a nuestros instintos más bajos: La ira, el miedo, el morbo y el voyerismo.

 

Decir que un programa es "bueno" solo porque tiene millones de visualizaciones es como decir que un accidente de tráfico es un éxito cultural porque todos los conductores frenan para mirarlo. La atención no es lo mismo que la aprobación de valor.

 

El peligro real del "Teorema de la basura y las moscas" es la resignación. Si aceptamos que la masa define la calidad, condenamos al ostracismo cualquier intento de rigor, belleza o profundidad. Una audiencia de millones puede tener el poder de hacer millonario a un creador de contenido deplorable, pero no tiene el poder de convertir la miserable mediocridad en virtud.

 

Como sociedad, nos toca decidir nuestro papel en este ecosistema. Podemos seguir siendo parte de la nube de insectos que valida la mierda con su presencia, o podemos empezar a exigir una dieta mediática que nos trate como ciudadanos con criterio y no como simples moscas atraídas por el último rastro de basura audiovisual. Al final del día, la basura seguirá siendo basura, sin importar cuántos millones de ojos se posen sobre ella.

 

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