20 febrero 2026

Los antiguos cristianos no odiaban el amor



En el fragor de las falsas “guerras culturales” contemporáneas, se suele presentar a la Iglesia Católica como un monolito de aparente “inmutabilidad moral”, pero en realidad es una institución que no siempre ha visto la diversidad sexual y de género con la misma lupa de condena que hoy quieren dictar algunos.

Si desempolvamos los archivos antiguos, la historia nos da un reflejo mucho más matizado y sorprendentemente menos punitivo de lo que la narrativa conservadora sugiere. No es revisionismo caprichoso; se trata de hechos documentados que demuestran que, en el pasado, la fluidez de género y los vínculos afectivos entre personas del mismo sexo encontraron un espacio amable de convivencia dentro de la fe.

Hoy en día, el cambio de vestimenta o de identidad de género suele provocar “tensiones doctrinales” a algunos. No obstante, la hagiografía (la historia de los santos) está repleta de figuras que hoy llamaríamos personas trans, o de género fluido, y que en su momento fueron veneradas precisamente por su capacidad de transformarse.

Casos como los de las llamadas “Santas trans” como Santa Eugenia de Roma, Santa Marina la Monja y Santa Eufrosina de Alejandría no son anécdotas aisladas. Estas mujeres adoptaron identidades masculinas para ingresar en monasterios y vivir como monjes.

Santa Eugenia de Roma (siglo III) escapó de su casa vestida de hombre para evitar un matrimonio forzado, y así ingresó a un monasterio, e incluso llegó a ser abad del monasterio, y su identidad se mantuvo oculta por años, hasta que una mujer le acusó de haber abusado de ella, por lo que tuvo que revelar su secreto. 

Santa Marina, o “Marino”, vivió toda su vida adulta (siglo VI) como un hombre monje. Incluso fue acusada falsamente de dejar embarazada a una mujer y aceptó el castigo y la expulsión sin revelar su sexo biológico, manteniendo su identidad masculina hasta su muerte.

Santa Eufrosina de Alejandría (siglo V) igualmente la iban a casar a la fuerz, pero ella quería ser religiosa, así que se cortó el cabello y se vistió como hombre para escapar. Ingresó en un monasterio masculino bajo el nombre de “Esmeraldo” (Smaragdus). Años después, en su lecho de muerte, le reveló su verdadera identidad a su padre.

Para la mentalidad medieval la “transformación física” no era un “pecado” contra la naturaleza, fue una herramienta para alcanzar una vida espiritual que la sociedad de la época negaba a las mujeres. No había nada perverso en ello, como hoy en día algunos promotores del odio arguyen.

Si hablamos de uniones entre personas del mismo sexo, el caso de Pedro Díaz y Muño Vandilaz, en la Galicia del siglo XI, rompe cualquier tabú. En el municipio de Rairiz de Veiga, estos dos hombres se unieron ante un párroco mediante un contrato que cumple todas las fórmulas matrimoniales de la época.

Este no es un caso de "amistad cercana" oculto por la historia; es un caso real documentado de una unión, compartían bienes, vida y espiritualidad bajo la bendición de la iglesia. Aunque algunos erróneamente creen que se trató de un rito de “hermanamiento” (adelphopoiesis), lo cierto es que la estructura legal y cotidiana de su convivencia era, para efectos prácticos, la de un auténtico matrimonio. Y no fue el único caso. Por si fuese poco, todo esto es sin tener que mencionar los relatos de amor entre personas del mismo sexo escritos en las mismas páginas de la Biblia, como el caso de David y Jonatán o el de Rut y Noemí.

¿Por qué parece que el pasado era más flexible que el presente? Existen varias razones clave, entre ellas la ausencia de categorías de identidad sexual en el pasado, pues en la antigüedad no existía el concepto de "homosexual" como una identidad psicológica; en aquel entonces se juzgaban los actos, no las personas. La renuncia al género biológico en estos “santos” se vio como un sacrificio espiritual, no como una rebelión moral.

De hecho, en el pasado no existía el “pecado de sodomía”, esa fue una invención del benedictino Pedro Damián, a mediados del siglo XI, en su obra Liber Gomorrhianus; pero si estudiaran bien los textos bíblicos, los sodomitas fueron “condenados” por su arrogancia y falta de hospitalidad, no por ser homosexuales, dejando expuesta una evidente tergiversación intencional de los textos religiosos sobre ese tema.

Negar que la historia del catolicismo ha tenido periodos de una evidente tolerancia hacia la diversidad sexual, es querer ignorar la propia evidencia que la Iglesia ha preservado en sus propios santorales y archivos. Hoy pareciera que muchos “cristianos” odian el amor de los demás, y odian más su felicidad.  

El pasado nos enseña que la “rigidez actual” (¿odio?) no es una herencia milenaria inalterable, sino una construcción hecha por intereses particulares mucho más reciente. Aquellos "santos disfrazados" y aquellas parejas de hombres, y de mujeres, que compartieron pan y vino ante su dios no eran parias, eran parte del tejido de una fe que, en su momento, fue lo suficientemente abierta y comprensiva como para albergarlos a todos, como su mandamiento de amar al prójimo así lo ordena, pues a final de cuentas, el auténtico amor es buscar la felicidad del otro.

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