27 octubre 2026

Creer en algo jamás lo hará real


La mente humana posee una creatividad extraordinaria para la fantasía, el consuelo y la invención de historias. Desde que los primeros humanos miraban al cielo nocturno intentando explicar el trueno, hemos llenado los vacíos de nuestro conocimiento con cuentos. 

Sin embargo, existe una frontera inquebrantable entre la imaginación y la realidad. La intensidad con la que se desea o se cree en algo no altera ni un milímetro la estructura de la realidad. Creer algo no crea nada.

A pesar de los siglos de progreso científico, en pleno siglo XXI, el pensamiento mágico sigue en la “sociedad moderna” bajo distintos ropajes, desde las supersticiones populares, la pseudociencia de los decretos, hasta ciertos dogmas religiosos.

El problema fundamental de las doctrinas fehacientes, ya sea la creencia en que un gato negro trae mala suerte o la convicción de que existe una deidad velando por nuestras vidas, es que confunden el sentimiento de certidumbre con la evidencia. El hecho de que una creencia proporcione consuelo, sentido de vida o sentimiento de comunidad, no es prueba de su certeza o veracidad.  

Nuestros cerebros están biológicamente codificados para detectar patrones donde no los hay, un sesgo conocido como pareidolia, para así atribuir intencionalidad, o humanizar, eventos puramente aleatorios. Si alguien reza por la salud de un familiar y este se recupera, la mente atribuye el resultado a la intervención divina, ignorando los sesgos de confirmación, la medicina aplicada y los miles de casos donde el resultado fue trágico a pesar de las mismas oraciones.

La diferencia entre la ciencia y el pensamiento dogmático radica en su relación con la duda. El dogma y la fe exigen que la realidad se adapte a una idea preconcebida. Si los hechos contradicen la creencia, el creyente suele reinterpretar los hechos o apelar a "misterios incomprensibles". Mientras que el pensamiento racional ajusta las hipótesis y teoremas en función de los datos observables, medibles y replicables.

Refutar las supersticiones y los dogmas religiosos no es un acto de cinismo ni de odio, es un compromiso con la verdad y la responsabilidad personal. Dejar ir las explicaciones sobrenaturales no vacía al mundo de maravillas, al contrario, te permite apreciar el universo tal como es, un lugar gobernado por leyes físicas fascinantes que no responden a nuestros caprichos ni plegarias.

Saber que creer en algo no lo hace real, nos exige madurez intelectual. Nos obliga a aceptar la incertidumbre, a hacernos cargo de nuestras decisiones en el único mundo que tenemos y a construir una ética basada en el bienestar humano tangible, no en la obediencia a mitos heredados.

La realidad no requiere de nuestro permiso ni de nuestra fe para existir, nuestro deber como seres racionales es aprender a mirarla de frente.

 

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