La salud de una democracia no se mide por la armonía de sus silencios, sino por la estridencia de sus críticas. Históricamente, la transición de una sociedad abierta hacia el autoritarismo no comienza siempre con militares en las calles, sino con la sacralización de las ideas.
Cuando una sociedad empieza a considerar que el acto de cuestionar los dogmas (herejía) o ridiculizar lo “sagrado” (blasfemia), es un “delito” o un estigma social intolerable, en ese momento se ha dado el primer paso firme hacia el fascismo ideológico y la tiranía, un retroceso cultural e intelectual imperdonable en pleno siglo XXI.
La historia de América y Europa son testigos implacables de patrañas de ese bajo nivel. Desde la Inquisición hasta los actuales regímenes teocráticos modernos y los grupos terroristas de ultraderecha conservadora, son ejemplos de la adoración a ideologías oscurantistas; ahí vemos que el control del pensamiento libre siempre ha necesitado un blindaje contra ellos, con humor y dudas.
La lógica es simple pero devastadora, si una idea, sea religiosa o política, es demasiado "sagrada" para ser cuestionada, entonces esa idea está por encima de las leyes humana y, por extensión, fuera del alcance del control democrático. Y nada debe de estar por encima de las leyes humanas, pues son las que regulan la convivencia social, basadas en convenciones y no una falsa moral “divina”.
En la actualidad, vivimos a un fenómeno preocupante, pues bajo el disfraz de “sensibilidad cultural”, “respeto a las creencias” o ese timo de la “guerra cultural”, se está reconstruyendo un andamiaje de censura que el gran periodista investigador Jean-Paul Gouteux denunció con gran precisión en su libro “Apología de la blasfemia”.
Existe una distinción fundamental que el autoritarismo intenta borrar, el respeto a las personas es un deber civil, pero el respeto a las ideas es una trampa intelectual. La libertad de expresión no es el derecho a decir sólo cosas agradables, sino el derecho a decir, incluso, aquello que otros consideran ofensivo, sin caer en la promoción de ideologías de odio.
Reírse de dios y lo “divino” no es un ataque gratuito a la fe individual, es un ejercicio de desmitificación del poder. Las instituciones que no soportan una caricatura son, por definición, instituciones frágiles que dependen de la fuerza, y no de la lógica y la razón. Por ejemplo: La heterosexualidad masculina no se defiende, y si tienes que "defenderla", es que realmente tu masculinidad es de cristal.
Cuando el Estado o los grupos político-religiosos criminalizan la "herejía" o la “blasfemia”, están enviando un mensaje claro, que para ellos sólo existe una “verdad” absoluta y oficial, de la cual ellos son los “dueños absolutos”. Una vez que se acepta que las ideas religiosas son intocables, el camino queda pavimentado para que las ideas políticas sigan el mismo camino. La tiranía y el fascismo prosperan en la uniformidad; necesitan que el individuo pierda su capacidad de disidencia.
La principal cualidad que nos distingue de los animales silvestres, es nuestra capacidad de analizas y cuestionar las ideas, los grupos pro-tiranías y neo-fascistas quieres deshumanizar a las personas para que no analicen nada, pero principalmente, que no cuestionen sus ideologías conservadoras y oscurantistas.
Una sociedad que prohíbe la blasfemia está, en esencia, protegiendo a corruptas estructuras de poder de una sana y justa evaluación crítica. Es una teocracia encubierta donde, aunque los clérigos no gobiernen directamente, sus dogmas actúan como fronteras invisibles para el pensamiento. Algo que países como México, Chile, Argentina y España, lamentablemente, ya conocen muy bien.
La verdadera tolerancia no consiste en el silencio absoluto para no ofender, sino en la capacidad de convivir con la “ofensa”, porque nada ofende más que la verdad, y si esa verdad ofende, entonces hay que cambiar para mejorar esa “verdad” ofensiva.
La capacidad de cuestionar, dudar y reírse de lo establecido es lo único que nos separa del abismo autoritario. Si sacrificamos la libertad de criticar lo “sagrado” en el altar de una falsa paz social, terminaremos por descubrir que lo que hemos construido no es una sociedad respetuosa, sino una prisión de mentes calladas.
La herejía y la blasfemia, en última instancia, no es un pecado contra la fe, sino un escudo para la libertad, pues si algo “divino” puede ser ofendido, es que en realidad no es divino, pues sólo se puede ofender con la verdad.
Tú tienes la libertad de fumarte tu religión, pero no tienes derecho de echarle el humo en la cara a todos los demás.
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