La línea que divide el respeto a las personas del respeto a las ideas se ha vuelto malamente borrosa. Se ha creado la falsa idea de que las creencias religiosas, por el simple hecho de serlo, gozan de una inmunidad crítica que las sitúa por encima del escrutinio.
Pero gracias a un análisis riguroso, a la luz del conocimiento moderno, uno descubre que la fe sólo es un constructo social, un sistema de ideas que no exige respeto; quienes erróneamente lo exigen son las personas que las profesan.
Desde una perspectiva sociológica, las religiones son estructuras complejas de normas, símbolos y relatos diseñados para cohesionar y coaccionar grupos humanos. Al ser un simple constructo social, la fe está sujeta a la evolución, la crítica y, fundamentalmente, al rechazo. Por eso la libertad de culto.
Confundir el respeto al individuo con la obligación de reverenciar sus dogmas es un grave error que puede paralizar el avance del progreso. Las ideas no tienen sentimientos ni derechos; los ciudadanos sí. Por lo tanto, proteger una creencia de la crítica, o incluso de la burla, equivale a otorgar privilegios a un sistema de pensamiento sobre la libertad de conciencia de los demás.
Históricamente, los conceptos de blasfemia y herejía han sido utilizados perversamente como herramientas de control eclesiástico. No obstante, bajo la luz del derecho internacional actual, ambos conceptos deben ser entendidos, y defendidos, como ejercicios legítimos de derechos humanos.
La blasfemia es libertad de expresión. El derecho a criticar, satirizar o negar lo sagrado es esencial en una sociedad plural. Si el lenguaje “ofensivo” hacia una deidad fuera prohibido, el Estado estaría validando una verdad metafísica particular, rompiendo la neutralidad laica.
La Herejía es auténtica libertad de culto y de conciencia. El derecho a apartarse de la doctrina “oficial”, a interpretar la espiritualidad de forma distinta o a carecer de ella, es la base misma de la autonomía individual. La libertad de expresión no puede ser limitada para proteger los sentimientos religiosos de los creyentes. El desacuerdo no es una agresión, sino un derecho.
Siendo honestos y francos, si un dios necesita que alguien lo defienda a él y a sus creencias, eso pondría en evidencia de que no se trata de ningún dios, sino de un simple timo. La blasfemia y la herejía no ofenden por si mismas, sólo una fe débil (mente débil) es la que se “siente ofendida” ante la blasfemia y la herejía de los demás. No se puede ofender a las creencias porque las creencias no tienen honor ni dignidad.
El verdadero respeto en una democracia no consiste en el silencio ante la fe ajena, sino en la garantía de que nadie será perseguido por sus ideas personales. Todos debemos defender el derecho a creer en cualquier divinidad y el derecho a considerar a esa misma divinidad como una ficción.
Respetar a la persona implica reconocer su derecho a tener sus creencias, pero no nos obliga a validar la veracidad o la "santidad" de estas. Una sociedad que penaliza la blasfemia o que exige "respeto" para los dogmas está condenada al oscurantismo y al estancamiento.
Los derechos humanos protegen al ser humano de carne y hueso; las ideas, por el contrario, deben sobrevivir por su propia fuerza basada en argumentos en el mundo libre del intelecto, expuestas siempre al análisis a la luz del conocimiento racional, y al aire purificador de la crítica.
Eso es lo justo y lo correcto.
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