El año 2050 ha dejado de ser una fecha de ciencia ficción para convertirse en una posible frontera para la naturaleza humana.
Lo que hace unos años parecía un vaticinio extremo, el posible colapso
de la civilización humana, es hoy el centro de un debate urgente que une a
científicos, economistas y ciudadanos. No se trata solo de termómetros
subiendo; se trata de la viabilidad de nuestra estructura social frente a una
presión ambiental sin precedentes.
En 2019, el Breakthrough National Centre for Climate Restoration de
Australia publicó un documento que rompió los esquemas del optimismo oficialista.
Su informe de 2019, titulado "Existential climate-related security
risk" (Riesgo de seguridad existencial relacionado con el clima), en su
momento se hizo viral por su tono terriblemente crudo.
Mientras los organismos oficiales hablaban de metas de mitigación, este
informe australiano introdujo un concepto aterrador. El riesgo del fin de la
sociedad tal como la conocemos. Algunos políticos y empresarios conservadores
quisieron silenciarlo y olvidarlo, y la pandemia del 2020 por el Covid-19 así
lo hizo. Pero las personas con conciencia no lo han olvidado.
El informe no predecía una extinción biológica inmediata de la especie
humana, pero sí algo más caótico. A diferencia de otros estudios, este informe
utiliza un enfoque de escenario. No dice "esto va a pasar", sino
"si no hacemos nada y ocurren estos eventos encadenados, este sería el
resultado".
Planteó que la humanidad se enfrenta a una amenaza existencial a corto
plazo. Según sus proyecciones, si para 2050 no hemos detenido el calentamiento
por encima de los 3°C, nos enfrentaremos a muy serios problemas.
Colapso de ecosistemas clave como el Amazonas y los sistemas coralinos,
esenciales para el ciclo del carbono y la alimentación global; desplazamiento
masivo de unas mil millones de personas convertidas en refugiados climáticos,
huyendo de zonas donde el calor humano es letal; crisis de recursos como guerras
por el agua y la tierra cultivable, desestabilizando las democracias actuales.
Hoy, en pleno enero de 2026, los datos refuerzan la gravedad de aquel
informe. Según el modelo de los Límites Planetarios del Stockholm Resilience
Centre, ya hemos traspasado 7 de las 9 fronteras de seguridad de la Tierra.
La contaminación causada por la industria ha dejado de ser un problema
estético para convertirse en un veneno sistémico. Con más de 500 millones de
toneladas de plástico producidas anualmente y solo un 9% reciclado, estamos
alterando la química básica de los océanos y, con ello, nuestra propia salud
reproductiva y metabólica.
Es vital dejar de tener miedo y entrar en acción. El Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), aunque menos alarmista que el informe de Breakthrough, coincide en que la "ventana de oportunidad" se está cerrando. No estamos ante un destino inevitable, sino ante una crisis de gestión.
Tenemos muy graves problemas y debemos de enfocarnos en ellos: Emisiones
de combustibles fósiles, microplásticos y químicos sintéticos, destrucción de
hábitats por agricultura industrial, exceso de nitrógeno y fósforo por
fertilizantes, extracción masiva de agua dulce para industria y riego, y el
evidente cambio climático.
El cambio climático es un epitome de la contaminación causada por la
industria del humano, es el mayor catalizador de cambio que hemos tenido. El
posible colapso de la humanidad no es una fecha en el calendario, es el posible
resultado de la apatía de hoy.
La humanidad, posiblemente, no se extinguirá para el 2050, pero la civilización
tal como la conocemos, basada en el consumo infinito y la energía barata, sí
podría hacerlo. La pregunta ya no es si el clima cambiará, sino si nosotros
cambiaremos lo suficientemente rápido para sobrevivir a ese nuevo mundo.
Y sí, es urgente un nuevo orden mundial, más humanista, más global, más
social y más ecológico.
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